Las Lìneas del funeral

Las Lìneas del funeral

martes, 18 de octubre de 2011

Capitulo 2












Capitulo 2



Mis más profundas sensaciones sobre su erótica piel





Mi insignificancia es lo que precariamente logro respirar día a día, plasmándola en distintas tonalidades grisáceas. Entre tanto, mi alma ya no distingue entre la rabia y el dolor. Comienzo a sentir mucha pena por mí. Mis sentidos están ahogados en la misantropía de la angustia; mi mente, camina y camina sin hallar consuelo, y la música que logro escuchar en mis insanos momentos de cordura, son solo mis propios gritos de euforia, y la sangre que brota de mis ojos, es incluso más negra que mi demencia.

Agonía y desconsuelo son los roces que mi comprensión enferma introduce por las nieblas. Al parecer solo soy una fantasmagórica ilusión de vida... navego ante el afán y la esperanza. Mis furtivas carcajadas son solo el reflejo del saber que algún día volveré a morir. Quisiera acelerar el destino, para que esa creencia toque mi alma; y mientras tanto, siento a millones de gusanos rancios que bailan por mis putrefactos brazos descarnados, y mi pudrición quema estos orificios inhaladores. Estoy estática, estoy sin la capacidad de secar estas lágrimas, que incineran mi escasa y estirada piel.

Busco consuelo en mis pocas emociones coloridas, pero son ensuciadas rápidamente por los sádicos recuerdos... recuerdos tan desgraciados y tan hirientes como los de aquella noche, la primera madrugada después de embarcarnos hacia un destino incierto, el que cada vez se hacía más espeluznante e intrigante al no saber donde estábamos; pero a Keltzivä, eso parecía no importarle demasiado.



-- ¿Quieres un poco de cerveza? – me preguntó mientras me servía un poco, en un pequeño cacho de toro.

-- Si, si -- le respondí (por que para mí, la cerveza fue mi bebida favorita en vida, mientras que ahora solo me regocijo con la fermentación de la sangre de las lombrices que se revientan en mi garganta al intentar traspasarla).

Esa cerveza fue una delicia que jamás había probado, era muy distinta a la porquería con la que yo estaba acostumbrada a embriagarme; fue una sensación semejante a la ternura de digerir un gajo de uva blanca, después de que esta haya sido besada por la erótica neblina de media noche. Era una cerveza traída de un lugar muy lejano a nuestro país, no recuerdo exactamente de donde, pero su nombre jamás lo olvidare... “Kunstmäänn”. Yo solo, estaba mal acostumbrada a beber una mierda que se fabricaba en Särnkvist llamada Cristääl. Después de que literalmente nos embriagamos, comenzamos a reírnos y a conocernos más con preguntas acerca de nuestras vidas; Keltzivä era una adolescente muy romántica y tierna... así que, como era de esperar, sus primeras preguntas estaban relacionadas con el amor.



-- Jannike, ¿alguna vez te han besado? – me preguntó, y yo, ya con mucha cerveza en el cuerpo, burlescamente le respondí:

-- Sí, muchas veces... ¡mi madre!... ¡Ja- ja- ja! – y al escuchar eso, las mejillas de Keltzivä se ruborizaron tímidamente.

-- Je- je- je, no me refiero a ese tipo de besar, me refiero a la ternura...

-- Si, sé a lo que te refieres – le respondí por encima de su hablar. -- Si, si he sido besada con pasión y ternura por un fiel amante, ¿recuerdas la segunda lápida que visitamos en el cementerio?

-- Mmm... creo que no, es que visitamos varias...

-- Bueno, pues en la segunda de la que me despedí, yacía él.

-- Oh, discúlpame... no quise destilar tus sentimientos.

-- No, no te preocupes, para mí es hermoso recordar todo lo vivido con mi difunto amante.

-- ¿Me contarías tu experiencia?

-- Si claro, pero solo si me acompañas a seguir bebiendo y dejas de remar.

-- Si, por su puesto, por nada de este mundo rechazaría una buena charla, junto a otra poética Kunstmäänn je - je.

-- Aun creo que me abrazo en su centro de destellos de emociones... aun conservo parte de el, con su desteñida caligrafía sobre este papel, la que no me deja olvidarle.



Carta:



Mí amada Jannike J. Jezebel:



Fue tu cálida y pálida piel sobre la mía, la que llenaba de pasión todo el escenario, junto con tus labios intimidados alrededor del suplicio de los míos, iniciaron un fuego dentro de mí, encendiendo así pasiones desenfrenadas, candentes y refinadas, que mezcladas con la sensualidad y euforia de tu divino cuerpo, dejaban que en mi fluyeran unas enardecidas efusiones que añoraban tomarte con delicadeza. Y tu, nerviosamente dejabas caer tus tibias manos por mi húmeda piel, iniciando aquellos besos llenos de gemidos y placer, que apresaban la sola idea de que nuestras vestiduras emprendieran vuelo. Y con ello, nuestros ojos presenciaron nuestra mutua desnudez, entonces reímos tímidamente, dejando el asombro fuera de nuestro alcance. Y las cortinas invisibles entretanto, danzaban con el leve murmullo de la sinfonía escarlata que se tejía al dulce compás de los pétalos que caían alrededor de nuestro estar. Era como un jardín de rosas, bañadas y coloridas, que plasmaban lo melodioso que estaba aconteciendo bajo el firmamento.



Porque fue toda tu piel sobre mí, fue toda tu belleza en mí. Fueron momentos donde mis huellas se posaron en tu nostalgia; y mis manos tocaron tus pechos, tan delicada y tan largamente, que a ratos sentía que eran parte de mi desolación. Tu cálida figura femenina se contraía y resaltaba el dulce néctar de tu sombra; y mis labios jugaban con tu piel mas intima, deslizándose por tus cabellos de miel. Tus manos ablandaban mi espalda y la convertían en más suaves pétalos. La pasión se volvió parte del aire que inhalábamos, uniendo cada vez más nuestros cuerpos.

Era como un silencioso manantial alegre por poder abrazar sus rocas. Y la oscuridad, solo dejaba más y más que nuestros cuerpos se fundieran a orillas de un jardín primaveral. El tiempo navegaba en nuestras manos y fuimos dueños de una dimensión de erotismo y deseos, hasta que nuestros seres fueron golpeados dulcemente por un río interior y expulsaron delicadas esencias plateadas.

Fueron los estruendos galopantes de tus peldaños lujuriosos... Fue la magia escalofriante de tu arte esculpido... Y también fue el insinuante desfile de mis gotas de piel sobre la pureza de tus hilos, los que me hacen amarte con dulzura.





-- Lo quisiste mucho Jannike – me preguntó tímidamente.

-- Yo diría que nos quisimos mucho – le respondí de la misma forma.

-- ¿Y te puedo preguntar su nombre?

-- Pues ya lo hiciste.

-- Je- je- je -- tienes razón.

-- Se llamaba... Petri Refnes… y a ti Keltzivä, ¿te han besado con pasión alguna vez? – le pregunté estupidamente, olvidando por completo todo lo que había sucedido en ese ámbito hasta el momento.

-- No, yo solo he sentido los sucios brazos del puto fraile de Ian catam.

-- ¡¿Fraile?! – escupí sorprendida.

-- ¡Sí, fraile!... ¡eso era ese maldito cristiano pederasta... a todos, les hacia creer que la ramera Clair de Ösboss era su hermana, y yo era su desamparada sobrina huérfana!... eres muy afortunada Jannike, por que a mí, jamás me han besado con ternura, ni menos seducido con alegoría.

-- Disculpa, no quise hacerte daño – le dije atormentada.

-- No te disculpes.

-- ¿Quieres hablar de eso? – le pregunté.

-- No... – me respondió casi como una suplica.





Después de esa conversación... el segundo, tercer y cuarto anochecer, me parecieron tan similares... ni Keltzivä ni yo teníamos ánimo para nada; solo nos hablábamos para hacer el relevo de los gélidos remos.

Durante esas primeras jornadas remando soportamos lluvias intensas y crudos crepúsculos, y por esa razón pasábamos la mayoría del tiempo muy ebrias para así no sentir frió. Pero el licor no era mucho así que tuvimos que tomar la triste, pero certera decisión de reservar algunas botellas para el futuro... al

amanecer del quinto día, Keltzivä me propuso la idea de que descansáramos por un largo rato, y yo acepte alegremente puesto que el cansancio ya era insoportable, entonces, subimos los remos y tomamos desayuno silenciosamente, pero de pronto el silencio se rompió debido a que oímos ciertos ásperos aullidos tratando de no desvanecerse en los aires. Aquello fue tan repentino y sorpresivo, que nos sometió a una parálisis momentánea y a una conversación improvisada.



-- ¿Que es eso? – Pregunté a los vientos, mientras Keltzivä miraba en todas las direcciones sin decir nada.

-- ¡No lo sé, pero puede ser que tal vez hemos llegado a orillas de algún pueblo – me respondió

-- Si... si de seguro debemos estar llegando a esas orillas...



(...Pero más tarde nos daríamos cuenta que el ronco aullido no se trataba precisamente lo que suponíamos en un principio, si no que de algo que creímos haber dejado muy, muy atrás; pero eso no lo supimos hasta que retorno el anochecer, y hasta que aquella macabra ebullición asesinó a las sombras, y despellejó a la marea que descansaba serenamente, como la mirada de una anciana al leer el final de una vieja novela de amor...)



-- Tengo un mal presentimiento Jannike... no ha parado de escucharse aquel bullicioso, pero ya no es solo eso, si no que también ahora trae consigo un fuerte y sádico hedor que ultraja mis orificios inhaladores.

-- Yo no huelo nada, ¿pero dime a que le temes?

-- No lo sé, no estoy segura... supongo a lo que llegue el anochecer y nos encontremos indefensas...

-- Tranquila, tranquila no es necesario que delires Keltzivä.

-- No... no... por favor deja que tus ojos sean curvas estelares y tu olfato de papel por un instante y aprecia tú alrededor.

-- Esta bien...



Y con la misma ligereza que una abeja ataca a quien intenta deshonrar su miel, llego a mi un satánico hedor, junto a un centenar de macabras imagines fantasmales, que me dejó condenada a un terror decapitante y lastimero. Algo sé dirigía a nosotras y distorsionaba el clima que parecía mutar en nuestra contra. De pronto todo cambió; lluvias, relámpagos; sombras espectrales, con una otoñal reverencia, incentivaban a las aguas a enredar sus cerdas. Comenzó una tormenta repentina que hizo imposible que pudiéramos presagiar la lacrimosa que se nos venia encima, claramente y nuestras mentes aun estaban muy pequeñas e inocentes para poder presagiarlos, pero nuestra debilidad mental fue lo que menos le importo al insano destino, cuando dictamino que aquellos fantasmas del pasado colisionaran con nuestras fúnebres almas.



-- Keltzivä en tu equipaje... ¿traes algo con qué protegernos de esta tormenta? – dije tartamudeando mientras la intensa lluvia nos azotaba.

-- Creo que si, una manta... ¿Jannike lograste divisar algo a lo lejos?

-- No claramente... pero tranquila... por ahora es preciso preocuparnos solo de nuestro confort.



Al momento de cubrir por completo nuestros cuerpos con la húmeda colcha que Keltzivä saco de su mojado bolso, nos abrazamos fuertemente hasta que sin darnos cuenta, nos quedamos plácidamente dormidas, olvidándonos así por completo de la inclemente tormenta y de todo lo terrorífico.

Recuerdo que en aquella estrepitosa siesta comencé a tener una sombría pesadilla, llena de enigmas y tormentos; donde la lluvia nos mojaba hasta las venas con su cristalino rocío y nuestra frazada parecía fabricada con madejas de lana liquida, al igual que nuestra comida que se encontraba completamente desecha. Y el escaso pan que nos quedaba no era más que masa ahumada, pero eso no era lo más terrible de la pesadilla, sino que ya no teníamos provisiones y por alguna maldita razón todavía no avistábamos tierra y si eso pronto no cambiaba pronto moriríamos de hambre en medio de la nada.

Y mientras Keltzivä y yo tratábamos de ordenar nuestras ideas en conjunto para así poder encontrar alguna solución. De pronto una fuerte luz y un mudo bullicio se nos acercaba, encarnada en rocas de aguas, que golpeaban fuertemente nuestras maderas flotantes, cosa que casi nos hace volcar. Pero al estabilizarnos sobre la misma apareció un delgado hombre que flotaba en las aguas e intentaba desesperadamente embarcar nuestro pequeño bote.

Keltzivä al verlo trataba de empuñar sus cuerdas vocales, pero al no lograrlo, me miraba directamente, como queriendo que yo le explicase lo que estaba aconteciendo. En ello, la noche nos abofeteaba con su oscura traición, y solo nos dejaba ver una machucada sombra espectral, la cual no podíamos apreciar claramente. Pero de pronto aquel ser que quería embarcarnos desapareció completamente, dejándonos solo un eco gutural de terror en los aires. En ese instante la incertidumbre y el pavor se apoderaba de nosotras; yo por mi parte solo cerraba los ojos, mientras que Keltzivä comenzaba a gritar. Y mientras yo mantenía los ojos cerrados, me sucedía algo inexplicable, comencé a sentir la presencia de cientos de segundos que flotaban estáticos a nuestro alrededor, y comprendí que algo no andaba bien, y cuando abría los ojos y observe a Keltzivä, todo sé hacia evidente porque el amplio reflejo de las tumbas lunares comenzaba a desnudarla emocionalmente, y a arrancarle toda su valentía.

Al momento que un pedazo de nube cayo sobre nuestro escenario, yo logre ver lo que antes me fue imperceptible, vi a lo lejos montado sobre las aguas, los oscuros círculos oculares, del ser que antes se encontraba delante de nosotras, fueron unas esferas llenas de una terrorífica depresión, que me hacia perder por completo la motivación de huir, pero no de revelarme ante ella.



--¿Quien diablos eres tu? -- le pregunté fuertemente a la maldita aparición, pero aquella mancha en el lugar no emitió sonido, mas bien cada vez parecía oscurecerse mas y más, sepultándonos en grotescas cadenas nebulares, pero de pronto todo eso acabo de sopetón, porque sin que nos diéramos cuenta de repente aquel fantasma estuvo enfrente de nosotras, flotando en las aguas, como una naufrágante y solitaria rama de algún abeto seco y muerto. --¿Quien diablos eres? -- volví a vociferarle, y para nuestra sorpresa la cosa solitaria se digno a respondernos, pero no le hacia con palabras sino que con unos evasivos murmullos, que contenían un deprimente mensaje y ese mensaje que recitó, es algo que de seguro jamas se me olvidará y fue el siguiente:



-- “Ya he perdido la motivación... me siento triste, muy triste, tan triste que no sabría como derramar esta agonía sobre la humedad de mi espejo interior. Eso me encierra en esperanzas desiertas, y verdades rotas. Aun estoy vivo, supongo... O tal vez ya este muerto, y no lo sepa aun... o si lo sé, y me niego a abandonar este mundo en este deprimente estado, ¿porque? No lo sé, tal vez aun creo que cada lágrima será liviana que la anterior, o más seca por lo menos, bueno esa será una dura incógnita hasta que deje de amanecer teñido de soledad... ¿quien soy? Pues soy tu subconsciente y en este momento debes despertar...”



Quisiera no recordar tal pesadilla, porque inconscientemente me hace mucho daño. Pero ya que no puedo olvidarla, dejare de escarbar su oración, y recordaré la madrugada del decimoséptimo día, cuando la hambruna nos tenia desesperadas, y destruidas; estabamos al borde de la locura... en esos demenciales momentos, lo único que nos consolaba era la ruina de las negras nubes, y la tranquilidad de las aguas, que se encontraban muy silenciosas, por lo menos en el lugar en que nos encontrábamos, porque a la distancia se discernía algo muy distinto, algo más bien aterrador y pavoroso. Se veían aguas densas y podridas que emanaban un putrefacto vaho. Keltzivä y yo decidimos cambiar la ruta, pero adonde mirábamos el paisaje no era muy distinto; así que solo teníamos dos posibilidades: retroceder y devolvernos, o chocar con las oscuras densidades de nuestro frente... claramente, elegimos la segunda, porque desde un principio supimos que si decidimos lanzarnos en esta encrucijada, nos arriesgábamos a toda clase de desventuras. Así es como nos introducimos a las deplorables e infestas concavidades del momento.

Realmente era muy aterrador estar en medio de toda esa oscuridad. No solamente por la dificultad que significaba avistar nuestro frontis, sino también por los pavorosos aullidos que se escuchaban a lo lejos. De pronto, sentimos que debajo de nuestra embarcación se sentían crujidos muy fuertes como si alguien o algo tratara de destrozarla. Luego se dejaron de escuchar tales chillidos, y en su lugar se empezó a sentir como poco a poco nuestra balsa era despedazada por unos malditos orificios invisibles que comenzaban a partir nuestro firme aposento. El pánico se apodero de nosotras mientras avanzábamos por la tenebrosidad, y al momento de estar en medio de toda esa lobreguez, todo se torno silencioso, y nada que antes hubiéramos advertido zumbaba por nuestros tímpanos, ni siquiera las aguas. Era como si todo se hubiera congelado en un instante. La luna, que antes se escondía de nosotras, lentamente empezaba a aparecer, dejándonos ver todo a nuestro alrededor; y no era más que un paisaje desolador y frío. De pronto, el agua se torno más endemoniada y comenzó a azotar nuestro aposento con vehemencia, pero resistíamos de aquel ataque agitando los remos con fuerza. Estábamos enfermizamente asustadas por no entender lo que sucedía, tanto que comenzamos a gritar, pero nuestras ásperas expresiones no eran expulsadas por nuestras gargantas; solo nos destrozábamos mudamente. En el caos momentáneo, perdimos todo el control cayendo a las purulentas aguas sombrías. Casi sin ningún discernimiento de lo que estaba aconteciendo, reaccionamos solo cuando todos los insanos intentos por salvarnos ya eran inútiles. Era demasiada longitud, y la muerte en cada trago era más evidente. En ese trance, donde mi figura era manipulada por la marea, creí escuchar fuertes sonidos, o mejor dicho, onomatopeyas diabólicas e incongruentes, provenientes de organismos pavorosos. Nadamos con furia por salvarnos, hasta que las olas se apiadaron de nosotras y nos dejaron sobre una sensual tierra que nos acogió con una suave y espumosa esencia dorada, tanto que mi cuerpo se dejo llevar ante tanta dulzura; incluso olvide por completo que por poco me ahogo. Era como una suave tela erótica que llenaba de caricias mi entre piernas; era su tibia agua, la que me llenaba de placer, un placer que me hacia gemir, y no desear que ese momento se acabara, hasta que escuchar mi nombre a lo lejos me sacó abruptamente del trance, y me hizo ver la realidad de la situación.



-- ¡Jannike! ¡Jannike! ¡Me logras escuchar! ¡Por favor responde! – era, Keltzivä quien suplicaba a los vientos por mí y me meneaba fuertemente los hombros. Me costo mucho despertar físicamente, pero cuando sucedió, mi primera acción fue tocarme la cabeza (un tanto afectada) y preguntarle a Keltzivä lo sucedido; pero ella, solo me dijo que habíamos perdido el bote, cosa que nos traumó bastante, lo bueno fue que ninguna sufrió ningún tipo de daño físico.



El hedor putrefacto que emanaba aquella tierra, era cada vez más desgraciado, convirtiéndose en un ambiente abismalmente contaminado. Solo nos preguntábamos, de donde diablos saldría aquel repelente. Pero que más daba si nos acarreaba otro problema; no teníamos bote, ropa, ni alimento. ¿Qué haríamos? La interrogante se leía en nuestro mirar, y se nos ocurrió la estúpida y puta idea, de recorrer la isla, ahí comenzaron desafortunadas e infelices desventuras.



-- Jannike ya hemos estado más de una hora recorriendo esta hedionda isla, y no encontramos señales de vida, ni alimento alguno...

-- Sí, Keltzivä tienes razón. Pero... ¿que más podemos hacer?

-- Por una razón extraña estamos acá ¿no lo crees?

-- ¡yo no creo en brujería! ¡Estamos acá porque el bote era muy viejo y muy inestable!

-- Puede ser, pero... ¿Cómo explicas lo que sucedió en el bote?

-- No lo sé, pero creo que tenemos que buscarle alguna explicación lógica.

-- Mmm... puede que tengas razón.



El pulso nocturno de la luna nos contraía más de lo debido, hasta que gracias a ello, el camino se hizo insoportable, y decidimos descansar, sentándonos en un peculiar sustento, un sustento putrefacto, crujiente y blando. Cuando estábamos cómodas en nuestros aposentos, del mismo raro suelo se escucharon vociferaciones de amargura. Nos levantamos descontroladas por lo acontecido, corriendo con pánico y desenfreno lo mas lejos posible, de aquella pavorosa situación.



-- ¡Keltzivä detente!... ¡¿Que mierda fue eso?!

-- ¡No lo sé! ¡Pero no voy a ir averiguarlo!



El horror se apoderó de nosotras, y lo único bueno era que al fin amanecería. Estuvimos en silencio hasta que la madrugada se dejo caer por completo. Pero nuestros rostros estaban tan desfigurados como un espejo muerto y olvidado. Los rayos del sol, lejos de tranquilizarnos, nos maldijeron mucho más. Porque el horizonte estaba repleto de tumbas improvisadas, cadáveres a medio enterrar, y sobre ellos cruces invertidas de madera. Lo más maldito de todo era que centenares de cuerpos femeninos sin vida estaban tirados como basuras por todos lados, con sus pieles quemadas, sin cabellos y sus rostros irreconocibles. Keltzivä y yo caímos en el llanto, y la locura. No sabíamos que hacer, ni decir, hasta que atinamos a correr por encima de aquellos cadáveres; Keltzivä tropezó cinco veces con los occisos, pero en su totalidad recibió mi ayuda. No, nos detuvimos hasta que él ultimo aliento de nuestros pulmones se acabó, pero eso no significaba que nos alejábamos de los cuerpos, pues eran miles de despojos, repartidos por la isla. Nos sentamos bajo un árbol (uno de los escasos que habían) con nuestros rostros perplejos.



-- ¿Dónde estamos maldita sea?

-- ¡No lo sé Jannike!

-- ¿Crees en el infierno?

-- No, pero creo que si existiese, esto sería lo mas parecido a lo que hablan sobre el.



Durante dos noches no dormimos, ni tampoco nos movimos, aunque tuviéramos hambre, sed, o deseos biológicos; el miedo era más poderoso. Al amanecer de la segunda noche, desperté primero, y decidí levantar mi entumido trasero, y enfrentar los miedos. Esa fue una idea bastante audaz para mí, tanto que me retumbó en las células celébrales por mucho rato; al poco caminar, empecé a apreciar lo mismo que a mi llegada, pero desde otra perspectiva; desde una perspectiva inclemente y turbante. Eran cientos de corneas totalmente rotas y pupilas perdidas en el horizonte, algunos cadáveres tenían sus escleróticas totalmente coloradas o simplemente salidas de su lugar. Lo peor de todo, es que sus cáscaras estaban completamente quemadas; era como si hubiesen sido torturados antes de arrancarles sus vidas. Me planteé varias hipótesis al respecto: la primera, (que deseché de inmediato), era que un volcán había hecho erupción, pero en ninguna parte la isla se veía un volcán. La otra, la más humillante y diabólica, no surgió de mí, sino de Keltzivä quien alzo su voz a mi espalda, dándome junto a ello el susto más grande de mi vida, y provocando mi exasperación.



-- ¡Keltzivä… maldita seas! ¡Cómo sé te ocurre asustarme de esa manera!

-- ¡Discúlpame, no fue mi intención! – me decía, mientras mi organismo se revolvía, obligándome a expulsar mis últimas meriendas.



Ya después de ese descontrol de mis sentidos y emociones, Keltzivä me dio su macabra teoría, que consistía en que alguien, o muchas personas habían provocado estos asesinatos. No puse en duda su teoría, porque en ese momento era muy probable que tuviese razón. Y la tenía, de hecho, pero nos dimos cuenta de eso mucho después de nuestra furtiva estadía en esa isla.

En la tercera noche, cuando el cansancio nos golpeo brutalmente, bajamos nuestros párpados olvidando el putrefacto hedor de los cuerpos (prácticamente ya nos habíamos acostumbrado a el, por decirlo de alguna manera)... y al despertar, vimos que todo el paisaje se había alterado; todo era blanco y sombrío; la nieve y el frío hacían que todo fuera muy diferente, a la primera impresión que tuvimos de estas tierras.

Desperté a Keltzivä con suaves roces. Sorprendidas estuvimos al observar la nieve, pero no dijimos nada. Solo nos levantamos, muy asustadas, para buscar alguna salida y con suerte algo de comer, pero por mas que recorríamos la isla, no encontrábamos ninguna esperanza de poder salir, ni tampoco nada que calmase la insaciable hambre. Lo único que veíamos eran manos y piernas que sobresalían de la gruesa capa de nieve, aposentada en los suelos, y también huesudos y tristes árboles.

A cada momento maldecía mas a mis huesos; era tanto el entumecimiento, que sentía que se me quebrarían en cualquier instante. Era tal el frío y el delirio, que Keltzivä, orino sus faldas, pero lejos de sentirse acongojada, se puso muy contenta de sentir tibias sus piernas otra vez... comenzó a reír y a danzar, como una niña de seis años; lo curioso, era que, esa era la clara señal de que ella ya se estaba acostumbrando al delirante paisaje, y a los retorcidos cadáveres, o bien, se estaba volviendo completamente loca. Pasamos horas y horas caminado, pero todo era inútil; llego la noche, y nuestros seres pedían calmar la sed y el hambre. Entonces, a la luz de la luna, Keltzivä me propuso la idea más aterradora y enferma que había escuchado en mi corta vida:



-- ¡Jannike, llevamos días sin comida ni bebida, y creo que hablo por las dos al decir que esto no puede continuar! -- exclamó desesperada.

-- ¿Y que propones que hagamos? – respondí dormitando.

-- Te va a parecer insana esta idea pero... no; olvídalo... has cuenta de que no he dicho nada. – dijo agachando la mirada y fingiendo que estaba dormida.

-- ¡Por favor, por más demencial que suene, a estas alturas aceptaría cualquier sugerencia! -- respondí meneando su cabeza, con mis manos.

-- ¡Esta bien Jannike! Mi idea es... recurrir al canibalismo... – y una pausa surgió de repente.

-- ¿De qué hablas? – dije retomando la retorcida charla.

-- ¡Hablo de que nos devoremos los cadáveres, y saciemos nuestra sed con su sangre!

-- ¿¡Q...Que!? – Vocifere horrorizada, mirándola detenidamente y ella, a su vez, con su mirada perdida y su rostro pálido, clavaba sus pupilas en las mías; no le respondí nada, solo cerré los ojos, evadiendo así su propuesta.



Gracias a ese comentario, me sumergí en el llanto gran parte de la noche, por que en el fondo comprendía que era una opción, y eso me asustaba, y en mis pensamientos nadaban metáforas como: “tal vez eran muy pocas las riveras que se nos habían acercado para guiarnos, y las que lo habían hecho solo se burlaron”... nos estábamos volcando en brumas que nos golpean con furia y pena. Y la austera deshidratación nos hacia masticar la nieve infesta; éramos solo polvo de almas tratando de salir de un sangriento laberinto. Esa noche, tal como las otras no se escuchaba nada, solo los oleajes, y el estrepitoso escalofrío del viento.

Al día siguiente, vi una macabra escena que jamás podré olvidar; era mi amiga tratando de desenterrar un cuerpo de la nieve, con todas sus fuerzas canalizadas en ese punto. Con sus ropas completamente dañadas y mojadas, sus manos eran salpicaduras de estrellas, rotas y mancilladas con sangre. En su delirio no se percataba del dolor. Sabía que tenía que ir a ayudarla, pero el terror no me dejaba. Tuve que golpearme el rostro con mi palma derecha, para poder reaccionar, y tomar un papel importante en él desentierro del cadáver. Ya sobre la nieve, el cuerpo era totalmente asqueroso, de solo mirarlo se me quitaba el apetito, pero la apariencia del cuerpo era lo que menos le importaba a Keltzivä. Que se le abalanzo rápidamente como lo haría un buitre sobrevolando a un animal indefenso antes de caer en las manos de la muerte. Y lo que antes habían sido unos pechos bastante voluptuosos, ahora solo eran unas rocas imposibles de quebrar. Solo observaba los movimientos de mi amiga detenidamente, y retrocedía de su estar, por que a ella, el hambre y la sed parecía haberla transformado en un ser apocalíptico, y eso me daba mucho miedo. Quise hacer estallar las frases inconexas que ardían en mi garganta, pero los iris de Keltzivä me enmudecían. De pronto, ella se levanta y me pide apaciblemente unas rocas, y me repite su petición hasta el punto que mi cuerpo comenzó a tiritar, pero no de frío sino de pavor. Al ver mi reacción, ella escupió hacia el suelo y sé dirigió a mí. Puso sus manos en mi cabeza y me dijo:



-- Jannike, debes tranquilizarte... esta es nuestra última opción. – la miré y le pregunté:

-- ¿Para que las rocas? – y sonriente me tiño los pensamientos diciéndome:

-- Las necesito para romper sus metálicas carnes, así luego calentarlas en nuestras manos y comerlas.

-- ¿Comerlas? – repliqué.

-- ¡Si, comerlas! ¡Y debemos hacer esto juntas! – contestó fríamente.

-- ¿Juntas?... – en mí interior sucumbió el miedo y después de un largo silencio dije: -- ¡Tienes razón!



Es así como mis hinchados ojos se levantaron y fueron en busca de unas rocas, luego les seguí, y por fin le entregue las requeridas piedras a mi amiga.

No pronunciamos nada durante el macabro pero necesario acontecimiento, solo nos limitamos a concentrarnos. De pronto, el cadáver nos cedió partes de su ser, y tomamos nuestros sucios manjares, como si fuesen delicias que manipulan paladares refinados. El sabor era horrible, pero dulce y atrayente; cada pedazo de cadáver que comíamos, nos pedía otro y otro, hasta el punto que devoramos sus pechos completamente. Nuestro repugnante festín no duro mucho, porque el olor a la sangre seca, atrajo a los primeros seres vivos que avistamos en esa isla, pero lejos de sentirnos aliviadas por el encuentro, nos sentimos aterradas al discernir que eran lobos, con feroces colmillos, dispuestos a arrebatarnos la comida, y nuestras vidas. Eran cuatro demonios con abundante pelo por todo su cuerpo, que se abalanzaron sobre el cadáver, despedazando todas sus petrificadas viseras. Pero había uno que nos miraba fijamente, y parecía como si les transmitiera sus macabros pensamientos a los otros, hasta que de pronto todos esos infelices animales nos rodearon, y rugiendo como un trueno al golpear un viejo y rústico tejado, nos acorralaron bajo el frío de la nieve. La delgada tela que se tejía por encima de nuestros hombros, comenzaba a romperse ligeramente, y era manipulada por esas frenéticas criaturas.

Al momento de que una de ellas (la más delgada, pero también la mas delirante) se nos enfrentó cara a cara, vi la totalidad de su iris rojo, y sentí parte de su rabiosa saliva sobre mi cuello; cerré mis ojos, para no ver su hocico resbalar sobre mi cara, tal como lo haría un poco de mantequilla sobre un trozo de pan caliente. Pero un desvarío de fatal resonancia, derramó lo poco de valentía que me quedaba, paralizando así mi oído interno, solidificando hasta las mismas células receptoras del sonido, poniendo en jaque al nervio coclear. Abrí los párpados y observe que mi bárbaro homicida, yacía en la triste nieve, despedazado como una gota de lluvia al caer en la punta de una espada medieval. Su manada, al ver lo sucedido, huyó despavoridamente.

Fueron segundos de incertidumbre, pero todas las dudas se dieron cita, sobre una suave pero penetrante voz dirigida hacia nosotras. Miramos eufóricas las líneas que se habían diseñado en el aire, y vimos a un ser vestido con una larga manta negra, que me recordó a las muchas historias de terror que me contaba mi madre, acerca de un ser espectral llamado: “la muerte”...

Seguidamente, divisamos otro ser con la misma vestidura, pero con una voz tenue y más diminuta de tamaño. Los dos sostenían en sus alargadas manos unos rifles. De pronto, deje de deservir sus presencias y comencé a tolerar sus preguntas.



– ¿Quiénes son ustedes? ¿Y que hacen aquí?...



Mi voz ante el miedo no acompañó sus preguntas, pero la de Keltzivä sí, quien sacó un vozarrón que hace días no le había escuchado diciendo:



-- El nombre de mi amiga es Jannike y el mío es, Keltzivä y ¿qué hacemos aquí? Pues no tenemos idea, perdimos el rumbo, nuestra balsa, se destruyo cerca de esta isla ¿y ustedes quienes son? – preguntó firmemente Keltzivä. -- las voces femeninas de los seres encapuchados se tornaron de color carmesí y casi como burlándose dijeron:



-- Nosotras somos Kaisa y Meiju – de pronto mi voz retumba como un trueno que cae sobre un viejo roble, y les pregunta:

-- ¿Ustedes mataron a todas estas personas? – la pregunta cayó como un balde de agua fría, sus rostros se quebraron y me dieron una repuesta apocalíptica:

– ¡Aquí no hay personas vivas solo bestias que sobreviven! – la más pequeña levantó su mano con firmeza y vocifero:

-- ¡Basta ya de presentaciones protocolares! ¡Ustedes al parecer no saben en donde están! ¿O nos engañan? – pero no respondimos nada, solo nos quedamos en silencio, al ver aquello, la más alta levantó su arma y preparo, pero la más pequeña nos arrastra su voz y pregunta:

-- ¿Ustedes tienen hambre? -- pero antes de que vaciáramos alguna palabra, la más alta rezongo, y la más pequeña le toco el hombro y le hablo al oído un par de segundos. Sin mostrar sus rostros, nos dijeron:

-- Si desean comer, nosotras les podemos proporcionar comida...



Sentí que el corazón me iba a estallar al escuchar aquello. Keltzivä frunció el ceño, pero no dijo nada. Accedimos a la propuesta de las desconocidas (¿qué mas podíamos hacer?) y junto a ellas, recorrimos las tierras purulentas, sin decir nada; fueron minutos de silencio sobre la nieve; minutos observando los escalofriantes desatinos de la naturaleza, esculpidos en esqueléticos árboles desamparados. Hasta que al fin llegamos a una cueva, sucia, pestilente e infesta por nieve desteñida, como la tumba de una anciana comadreja en el corazón del invierno.

El día ya estaba muriendo, las sombras susurraban frases muertas que se convertían en ecos macabros y llenos de dolor, y la neblina rugía sobre mis sentidos. Estrepitoso fue el despertar a la realidad, cuando una de las vernáculas encapuchadas nos invitó a pasar a la cueva, y sin mayor desliz, entramos al agujero negro. Adentro, estaba encendida una fogata, que parecía mas bien la puerta de ese infierno que mi madre me relataba cuando niña. Con toda la excitación que sentíamos, se nos había olvidado el comer, pero una leve huella aromática de carne asada, nos lo recordó de inmediato.



-- ¡Aquí nos alimentamos de lobos! – se escucho a nuestras espaldas – rara vez de carne humana – seguidamente.



Eso nos sumergió en un profundo silencio. Estábamos asustadas e intimidadas, todo era muy raro y funesto. La oscuridad y el frío del ambiente pusieron mis sentidos mas alertas que antes, porque solo nos teníamos a nosotras en ese agujero (lo que no era mucho).



-- ¿Y...de que es la carne que se encuentra en las brazas? – pregunté.

– Es de lobo. – me respondió una sombra detrás del fuego, y con ella ya eran tres las voces desconocidas.

-- ¿Desean un poco? – preguntó.

– ¡Si! ¡Si! – respondí. Y en pocos instantes tenia un suave y crujiente trozo de carne en mis manos, pero Keltzivä esperó un poco más para abortar sus dudas y miedos, antes de comer.

-- Seguramente ustedes desean saber algo de esta isla, ¿no? – dijo una de ellas.

-- Si, claro – dije tímidamente.

-- Pero antes de eso ustedes deben decirnos quienes rayos son, y de donde vienen – dijo la mujer detrás de las llamas.



Keltzivä tomo la batuta de nuestras crónicas, despejando cada hebra de nosotras que ellas quisiesen saber. Yo, solo me dedique a menear la cabeza positivamente en los momentos que me concernía. Las tres nativas la oían atentamente, sin decir nada. Ya cuando concluyo, una de ellas, la más pequeña suspira, mientras se acercaba al fuego y pregunto:



-- ¿Es cierto todo lo funesto que nos cuentan? -- a lo que Keltzivä secamente respondió:

-- ¡Claro! ¡Cómo crees que inventaría tal aberración de acontecimientos! – y con ello, el inocente silencio se ancló en la cueva durante un largo tiempo, hasta que el fuego se agoto y la luna suspiro.





-- Toc – toc;

-- ¿Qué es ese sonido que interrumpe mis memorias bajo esta tumba? ¿O es solo mi imaginación?...

– Toc – toc.

-- ¡No! ¡No! ¡Ahí esta otra vez! ¡Es como el golpeteo de un buitre raspando el cráneo de una antigua presa, con su filoso pico!

-- Tic -- toc.

-- ¡Ahora el sonido es distinto! ¿Quién es? ¿Quién es? ¿Quién es el que interrumpe mi catarsis? De que me sirve preguntar, ¡si nadie me responderá!

– Toc –tic – toc –;

-- Ahí esta ese molesto pero armónico sonido tratando de cobrar vida...

Su melodiosa armonía es semejante al retumbante estruendo de una guitarra... ¡Sí! ¡Sí! ¡Son una marea de acordes! ... es la primera vez que logro escuchar ruido fuera de estas tinieblas, y eso es un delicioso medicamento que calma mi eternidad.

Los sonidos se están repitiendo más rápidamente, pero ahora no parecen un guitarreo, sino más bien un estruendo voraz de una picota enfurecida. ¡Aaahhh! ¡Siento que algo quema! ¡Aaahhh! ¡Aaaaaaaaahhhhhhhhhhh!... La luz que entra desde las alturas de esta tumba me encandila ¡Aaaaahhhhhh!... Siento que el agua y el barro que caen a mi ataúd, son más veloces que la misma iluminación. ¿Que mierda es lo que esta pasando? ¿Acaso jamás estuve muerta? ¿Estaré despertando de una pesadilla? ¡Aaahhh!... Veo la cara de un hombre barbudo, que se ilumina al ver mi semblante. Pero no logro moverme. ¡Debo haber dormido mucho y mis huesos están recogidos por eso no puedo moverme todavía! ¡Si eso debe ser!... Pero algo no me cuadra si es que estuve dormida... ¿Por que estoy en un agujero, durmiendo estática en un cajón de madera? ¡Creo que es tonto pensar que todo esto un sueño y sobre todo pensar que jamás me suicide! ¡Estoy muerta! Pero, ¿por que aun sigo observando la realidad? ¿Será que ese hombre barbudo un ser fantasmagórico que me viene a llevar a su mundo? ¿Será que todas esas historias sobre vida después de la muerte son ciertas? ¡Tengo miedo!...

-- Paf -- tic -- paf – tic

– ¡Se escuchan pisadas! ¿Viene por mí? ¡Estoy agitada! Si es que un cadáver puede agitarse... Ja- ja- ja... ¡Ahh! ¡Ese hombre barbudo otra vez esta observándome! ¡Ahora encoge sus hombros y aproxima sus manos a mí!... pero la mirada de este sujeto realmente si parece una aparición demoníaca, sus rasgos son tan fríos y calculadores que no pueden ser de un mortal.



Tengo una extraña sensación y visión... toda esta tierra podrida sosteniendo lapidas grises, y nidos de sombras... es algo siniestro, que me comprime aun más que la idea de que mi alma este siendo llevada al averno. ¡Me suicidé y seré sentenciada... ¿Al infierno?!...

Jamás en mi pasada perra existencia escuche, ni vi algo similar, algo tan siniestro como mi situación actual. Una situación de terror y locura; de carnes sufridas y despellejadas por gusanos insanos. Todo es tan rancio y poco elocuente, que pienso que estoy en una maldita pesadilla que olvidó su fin, y se repite sin parar. Mi ser esta siendo arrastrado por este campo santo sin que nadie lo impida, lo peor de todo es que todos mis sentidos aun están vivos... resbalo sobre el lodo. Siento como mis cabellos están tratando de ser arrancados con una fuerza demoníaca. Son miles de golpes siniestros, en mi horizonte humillado. Me siento algo desvalida, mis ojos ya no distinguen nada, solo un cansancio aterrador.



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