Las Lìneas del funeral

Las Lìneas del funeral

martes, 18 de octubre de 2011

Capitulo 1









¿Q. E. P. D?

En el final del camino diviso una esperanza e intento aferrarme,
Pero solo consigo penetrar el aire que choca con mi alma,
y mis huesos no resistirán tal fuerza.

La descomposición de estos intestinos no aceptaran

Que doblegue mi lugar de descanso eterno...

Retomo la idea del salir de esta caja con la fuerza de mis huesos,
Que es lo único que aun logro percibir
Dándome fuerzas para resistirme a ello,
A lo que solamente yo decidí agregar,
A lo nefasto de aquella larga penuria de hechos y dimensiones
Encontrados en él mismo núcleo.

Le recuerdo como si los siglos no hubiesen seguido su más largo y tranquilo recorrido.

Ahora pensamientos sobran recordando las tristezas...
Y sus certámenes de versiones determinadas que en su momento no disipé,
Solo disfruté el sabor de saber que pasaría con aquellas sensaciones
Tan extrañas pero a su vez tan determinantes para lo pequeño que yo veía ese instante.

Ahora pensamientos sobran recordando las tristezas...












Capitulo 1



Déjame que me doble con el viento









Creo que el invierno ha llegado, y comienzo a sentir que mi aposento actual se destiñe por una intensa humedad de la más amarga sensación a tristeza. Y a mí alrededor, alcanzo a escuchar que las maderas se remueven lentamente, como las de algún antiguo barco a orillas del mar en medio de un intenso verano.

Y los párpados se me humedecen al punto de conseguir dibujar unas lágrimas en estas ya inertes mejillas. ¡Entonces si... ya es invierno! El otoño ya ha pasado por esta superficie sin previo aviso, sin que yo me percatara de ello; cómo si sirviera para algo... como si el otoño, el invierno, la primavera o el mismísimo verano tuvieran algún maldito significado para mí, o mejor dicho para esta putrefacta nada que inhalo durante ya incontables días, años o quizá siglos. ¿Quién puede saberlo con exactitud?

Y ya tanta tristeza me recuerda días antiguos, días tan distantes... como por ejemplo el otoño de 1723: en esa época, yo solo era una joven de 19 años, llamada Jannike J. Jezebel, de estatura media, ojos grandes y tan azules como el cielo en una primavera que aun no se despide de ella. De cabellos dorados y delgados como la brisa de un invierno después de emitir su última lluvia, de piel pálida pero de rutilante vigorosidad, que solo se divertía caminando por los misteriosos y antiguos bosques del pueblo de Särnkvist.

Särnkvist era un pueblo que se ubicaba al sur de la capital de la republica de Odottaen Kuolemaa, era un sector muy distante a otras regiones, por la sencilla razón que limitaba con un gran lago llamado “lago Morke”. Por lo mismo, era un lugar muy tranquilo y agradable para vivir... o morir.

Recuerdo algunas cosas que me sucedieron en aquel territorio, como por ejemplo, aquel día en que estaba alrededor de muchos árboles, en medio del bosque más grande de Särnkvist. Me encontraba meditando serenamente, junto a algunos arroyos de aguas tan cristalinas y bellas, que incluso se podían ver hasta las últimas piedrecillas que nadaban y se empujaban entre sí, formando filas de muchos colores, texturas y figuras muy diferentes.

Aquella tarde fue muy peculiar, pues anunciaba que los próximos amaneceres ya no serian tan agradables como los anteriores; como aquellos cálidos días de otoño, que ahora culminaban sin una previa señal, sin una delicada ráfaga que declinara los futuros acontecimientos, y que esas pasadas auroras ya solo serian una preciada evocación y una futura esperanza para los próximos tiempos.

Las aguas comenzaban a iniciar lentamente su evolución sobre las montañas y sobre las colinas, y poco a poco, se convertían en lluvia de gotas tan afiladas como agujas, que seguían su marcha hacia el lago, para luego proseguir a todos los terrenos habitados por la madre naturaleza. Las hojas, y las tan quebradizas ramas de los árboles más antiguos y enormes, fueron las primeras en bañarse por aquel efecto de humedad. La oscuridad, entre tanto proseguía su curso natural, pero mientras avanzaba el crepúsculo, comenzaba a hacerse cada vez más espesa e impenetrable; ni los ojos de los búhos más fieros que habitaban las ancestrales ramas podían penetrar esas sombras que eran tan negras como el interior de mi fría tumba.

La lluvia ya había llegado a los límites de los bosques, y se escuchaba como millones de grillos entonaban una magnificente sonata en la más profunda tranquilidad. La tierra, entonces, comenzó a ponerse cada vez más fangosa, ni siquiera los gusanos lograban arrastrarse por el piso con tranquilidad; ni los roedores, ni todo ser viviente que habitara el bosque podía desplazarse con armonía, en una de las más crueles tormentas, que a paso lento caía sin contemplación alguna, con una cruda atmósfera en medio del anochecer.

Entonces corrí y corrí, sin poder escapar de tan maléfico espectáculo, porque mis piernas no eran tan fuertes, ni tampoco eran capaces de sobrellevar una marcha continua. Realmente me encontraba muy asustada, desorientada y cansada. En ese instante, creo que fue cuando las primeras gotas de invierno golpearon mi rostro, ¿O fueron las últimas hojas marchitas de aquel otoño?... la verdad, no lo recuerdo bien, pero nunca había sentido la respiración tan fría, ni el cuerpo tan entumecido. Y en aquel lugar, el llanto se apodero de mí, y bajo la lluvia, me incline sobre una roca para descansar y aclarar mis ideas, siendo ese el peor error, por que al momento de sentarme, mis ojos insistieron en tomar un endeble momento de tranquilidad, y mi cuerpo, declinaba en el mismo clamor. Si tuviera que decir con exactitud cuanto tiempo estuve dormida, no podría, pero de seguro fueron muchas horas sumergida en esa inconsciencia temporal.

Y cuando por fin volví a abrir los ojos, lo primero que divise fue un árbol que estaba justo enfrente de mí; robusto y muy alto, seria la descripción exacta para aquel inmenso pilar viviente plantado ahí delante mió. No le di mucha importancia, pero algo en su descascarada piel me aturdió un tris; era una flecha que indicaba algo entre los matorrales, pero tampoco le di mucha importancia. Luego, aprecie todo mí alrededor, que estaba completamente mojado. Entonces baje delicadamente las manos, y las apoye en mis rodillas para impulsar mi cuerpo hacia arriba (aun me encontraba un poco aturdida y desorientada); y cuando me levanté, de lo primero que me di cuenta fue que todo mi vestido estaba totalmente empapado y embarrado, pero eso tampoco me importó, solo atine a acariciarme el rostro, que aun estaba un poco cansado y delicado por las lágrimas que lo habían enjuagado anteriormente, luego comencé a dar pasos agigantados, para que el retorno a mi hogar no demorase demasiado. Pero en el camino me encontré con muchos obstáculos; arbustos e imponentes y gruesos árboles que de alguna u otra manera hacían más difícil mi regreso a casa. Y sin que me diera cuenta en pocos minutos estaba completamente mojada por el entorno.

A cada momento aceleraba los pasos, para no sentir el cansancio de detenerme. Pero por algunos segundos me detuve a pensar en mi madre, y en lo que me diría cuando llegara en estas condiciones tan nefastas y opacas al hogar; pero la verdad, prefería no razonar acerca de eso. Porque en ese momento era otro el dilema: ¿¡como diablos saldría de ese boscaje!?... y solo había una respuesta y consuelo: ¡seguir la senda del sur!...

Ya habían transcurrido varias estancias de tiempo, lo cual me hacia sospechar que el amanecer no demoraría mucho en dejarse caer. Mientras tanto las espinas del recorrido resbalaban por sobre mi exterior, dejando entre ver pequeños fluidos de sangre por todo mi rostro y brazos.

El recorrido avanzaba y se normalizaba, porque las espinas desaparecían y eran reemplazadas por pequeñas, húmedas y sombrías hojas, que limpiaban el espeso líquido que emanaba de mí entumecida coraza. Entonces hay me acaricie delicadamente el semblante, cubriéndome totalmente los ojos y para mi sorpresa, cuando dejé las palmas en mi cintura, me encontraba en un terreno totalmente desnudo; fue tanta la alegría que comencé a llorar, por que en efecto, ese era el camino a casa. Así, que arribe el rostro y contemplé que el amanecer ya casi culminaba su aparición, entonces proseguí a caminar, por que ya no faltaban muchos senderos. Y en mi cansancio y flacidez, advertí un fuerte sonido a mi espalda, sorprendida voltee para observar de qué se trataba. Pero antes de girar de lleno, una voz muy quejumbrosa, con un fuerte timbre repleto de euforia vociferaba:

-- ¡Cuidado criatura!, ¡Sal del camino! – eso fue lo último que escuché, antes de desfallecer y perder las fuerzas por completo.



-- ¡Esta despertando! ¡La señorita esta despertando!

-- Así parece querida. ¡Vaya a traer un vaso con agua, lo más rápido que pueda!

-- ¡Sí, sí... iré enseguida! – replicaba una voz muy alegre.



Esas fueron las primeras palabras que mis oídos cobijaron, antes de que abriera mis esferas oculares. Y al abrirlas, vi unos delgados y bellos labios que me preguntaban cosas difusas.



-- ¿Cómo te llamas jovencita? ¿Cuál es tu bello nombre? -- a lo que yo solamente respondía:

-- Jezebel, mi nombre es Jannike J. Jezebel ¿dónde me encuentro? – pregunté justo antes de darme cuenta de que le estaba hablando a una señora muy distinguida y hermosa, pero que nunca había visto en mi corta vida -- ¿Quién es usted señora mía? ¿Y donde me encuentro? -- volví a gemir el mismo discurso.

-- ¡Tranquila pequeña! Sufriste un accidente y necesitas descansar.



Y antes de que le preguntara “¿qué accidente?”, entró a la habitación una joven con ojos color marrón, cabello largo y oscuro, de piel clara y tersa, aparentemente de mi misma edad, y en sus manos, traía un vaso de cristal muy angosto y largo, que en cuyo interior resbalaba una sustancia transparente y liquida, y mientras se acercaba me miro directamente a los ojos, y me dijo cariñosamente:



-- ¡Buenos días bella durmiente! – y yo al escuchar aquello dibujé una leve sonrisa en mis pupilas y le contesté de la forma más educada posible:

-- Buenos días a usted también, señorita.

-- Mi nombre es Keltzivä S. Criisää. ¿Y el suyo? – “noté que el rostro de la señora se puso muy pálido, al escuchar el nombre de la joven” (Cosa que me pareció muy curiosa)

-- Mi nombre es Jannike J. Jezebel... – respondí.

-- Tome, beba un poco de esta agua -- me dijo con su voz entrecortada – es un gusto conocerla – prosiguió -- pero creo que no fueron las mejores condiciones para hacerlo. ¿No cree usted?

-- Ella no recuerda nada del accidente Keltzivä, debe haberse golpeado muy fuerte la cabeza – respondía la señora bastante acongojada. Entre tanto, volvía el color original de su faz.

Y mientras yo recibía el vaso con agua de las manos de Keltzivä... le pregunté fríamente y esperando una respuesta definitiva e inmediata:

-- ¿Cuál accidente? – y al momento de mojar mi paladar, se oyó a lo lejos:

-- ¡Fueron mis caballos! -- ¡Fueron mis caballos! – se oyó al mismo tiempo que desfilaba una silueta grande e imponente, vestida de camisa blanca y un traje oscuro; al acercarse a mi, me di cuenta que se trataba de un hombre mayor, de pequeña barba, y de muy escaso cabello, que en su mano derecha sostenía un extraño sombrero de copa -- ¡Pero usted al parecer esta mejor, y eso me alegra enormemente!... -- dijo aquel hombre con un firme tono -- pero creo que la voz encargada de complacer su deseo debe ser la mía! -- Prosiguió -- lo que sucedió fue lo siguiente: tras la dificultosa maniobra de cabalgar en un día tan impredecible, como el de ayer me fue...

-- ¡Disculpe! – Lo interrumpí -- ¿Cómo dijo?... ¿El día de ayer? ¿Cuánto tiempo he estado dormida? -- se lo pregunté casi como una suplica.

-- Has llevado dormida todo el día de ayer y la mañana de hoy, querida – me respondió de súbito la señora, mientras apretaba mi mano derecha, y me acariciaba mi rostro.

-- ¡¿Cómo es posible?! -- exclamé paranoica -- ¡mi madre debe estar sumamente preocupada por mí! ¡Debo irme ahora! – y casi por inercia proseguí a levantarme de la cama, y al tocar levemente el piso con mi pierna izquierda, sentí un doloroso escalofrío por todo el cuerpo, y caí agonizante, invadiendo toda la habitación con mis quejidos; la vista se me nubló (pero no por completo, solo hasta que me percate de que me encontraba en paños menores).

Keltzivä y la señora se unieron rápidamente para auxiliarme y devolverme a la litera. Y una vez ya de vuelta entre las sabanas, apoye mí cabeza en la almohada, y mis ojos se cerraron y todo mi cuerpo cayó adormecido, en un sueño placentero.

Al siguiente despertar de mis luceros, me encontré sujeta a la presencia de la señorita Keltzivä; quien vestía un lindo traje de color verde opaco, con encajes del mismo color pero un poco más desteñidos. (Eso fue lo que vagamente que pude apreciar, antes de que ella me empezase a platicar).



-- ¿Quiere un poco de jugo de naranjas señorita Jezebel? – dijo incólumemente.

-- ¡Claro señorita! – le respondí; y al momento de probar el jugo, comenzó una agradable charla.

-- ¿Cuánto tiempo he estado dormida? Por favor dígame la verdad – le dije serenamente.

-- Solo un par de horas desde la última vez que hablamos y al parecer tendrá que estar algunas más -- ¿Quiere una manzana?

-- ¡Sí, tengo mucha hambre! Pero no es posible que me quede un segundo mas lejos de mi hogar; mi

madre debe estar muy preocupada.

-- ¡Ya lo creo! Pero debido al choque que tuvo con nuestro carruaje, no es posible aproximar su viaje.

-- ¿Cuál choque? ¡Por favor cuénteme de eso señorita Criisää! Pero primero dígame... ¿Dónde están mis vestiduras?

-- ¡Oh claro, sus vestiduras!... Están ahí, a los pies de la cama. Y con respecto al accidente, usted sufrió una lamentable caída, cuando se estrello con nuestro carruaje. La señora Ösboss y yo veníamos en la parte trasera del carruaje dialogando sobre muchas cosas, cuando de pronto, los caballos comenzaron a relinchar enfermizamente. La señora Osboss, se asomo por la ventanilla rápidamente, y antes de que yo pronunciase cualquier sílaba, el carro se estremeció tan fuerte como las olas del mar estremecen las rocas sin contemplación alguna. Entonces cuando nuestra confusión cesó, bajamos rápidamente para evaluar la magnitud del problema, y para nuestra sorpresa, estaba usted, con todo su rostro y cuerpo ensangrentado. Entonces con nuestros rostros perplejos, la cogimos, y la subimos rápidamente al carruaje. Al llegar a casa, todos bajamos rápidamente, y la cubrimos con nuestros brazos y la transportamos con mucho cuidado a esta sala para darle todos los cuidados posibles. Al ver su estado el señor Catam determino ir en busca de la doctora Ergen (quien es nuestra doctora desde hace muchos años), montó el carruaje y se marcho rápidamente. A las horas después, la señora Ösboss, impaciente, divisa por la ventana del cuarto principal, que ya el señor Catam y la doctora, por fin se encontraban muy cerca. Eso la apresuro a abrir la puerta, mientras yo me encontraba a su lado señorita Jezebel, tratando de apaciguar sus lamentos...



(Mientras, Keltzivä continuaba relatándome lo que había acontecido en el tiempo que me encontraba inconsciente, la mañana se puso muy helada, tan helada como se pone una orquídea después de haber sido arrancada de su tierra)



-- ¡Disculpen el atraso! El camino minuto a minuto sé hacia cada vez más siniestro por las malditas neblinas que danzaban como las luciérnagas en las noches de verano... – dijo el señor Catam al mismo momento que se adentraba en la casa.

-- ¡Eso ya no importa! ¡Lo más importante en este momento es socorrer a la niña! – respondió la señora Ösboss, mientras la doctora Ergen se quitaba el abrigo y el sombrero, dejándolos en la percha de madera que se situaba a su lado derecho.

-- ¡Por aquí doctora! – decía la señora Ösboss a los segundos después que la doctora la tomaba a usted de la mano y proseguía a examinarla. Ella diagnosticó para nuestra alegría, que usted se encontraba estable, y no era nada grave, salvo que necesitaba reposo y curar ciertas heridas. Y eso es lo que hemos estado haciendo hasta el momento.

-- Se lo agradezco mucho a usted y a toda su familia señorita Criisää.

– No se preocupe, lo hemos estado haciendo con mucho agrado y responsabilidad – me dijo con una muy bonita sonrisa.

-- A propósito señorita Jezebel, ¿Cuáles son los nombres de los integrantes de su familia? – preguntó delicadamente como queriendo que olvidase mi estado de salud; pero con esa pregunta solo hizo más intensa mi agonía de querer irme a casa.

-- Mi madre se llama: Luna J. Jezebel – respondí – ¿y los integrantes de su familia señorita Criisää? (Keltzivä agacho su cabeza levemente al escuchar aquella pregunta)

-- Mi padre es el señor Ian Catam Ösboss y mi madre la señora Clair de Ösboss – respondió con un funesto suspiro.

-- Entonces debo suponer que Criisää es su segundo apellido... -- pero Keltzivä solo me respondió con otra pregunta:

-- ¿Y su padre, señorita Jezebel?

-- Bueno mi padre murió cuando yo era muy niña, y no lo recuerdo con exactitud.

-- Lo siento por preguntar.

-- ¡No se preocupe! Cómo le dije, ya casi no lo recuerdo...

-- ¿Le gusta la música? -- preguntó festivamente.

-- ¡Claro, por su puesto! Es una de mis pasiones, junto con la lectura – respondí.



Ella se levantó de improviso de su silla, y sin decir ninguna palabra, me dejo en él más completo silencio y soledad. Cerró la puerta suavemente, y lo último que ví de ella fue su negra cabellera deslizándose por entre medio de la cerradura. No comprendí mucho su repentino actuar, pero no me causó mayor impresión ni desagrado, solo interpreté que iría en busca de alguien o a atender algún imprevisto repentino. En su efecto, me dediqué a observar la habitación. Y observe que a mi lado derecho, se encontraba un pequeño velador que sostenía un candelabro un tanto oxidado, y más allá casi en el fondo del cuarto, vi unas cortinas púrpuras con visillos algo desgastados, que cubrían casi en su totalidad la ventana, misma que dejaba entrar la cálida luz del día. A mi lado izquierdo, habían tres pinturas muy opacas, como si hubiesen sido remojadas antes de ser colgadas. Tenían una serie de dibujos bastante difusos, que forjaban un rompecabezas y que si uno las miraba con mucha atención, formaban una especie de castillo neoclásico, en medio de una intensa amazona. Y justo cuando iba a tratar de leer lo que estaba escrito en esas pinturas, la puerta se abrió lentamente dejando ver un pequeño instrumento, con solo cuatro cuerdas, de color café claro, con una forma muy parecida a la bella silueta femenina.



-- ¿Le gusta mi violín, señorita Jezebel? – me pregunto Keltzivä mientras se adentraba a la habitación

-- ¡Claro es muy bonito! Pero por favor no me diga señorita Jezebel... solo dígame Jannike.

-- ¡Esta bien Jannike, pero usted también dígame! Keltzivä – Esa confianza que nos dimos, hizo que entre nosotras se extendieran radiantes y engrandecidas sonrisas que se mantuvieron durante un pequeño lapso de tiempo.

-- ¡Tocare algo para ti, Jannike! Esta es una sonata que compuse el otoño pasado y se titula: “¿Quién soy yo para trazar un pergamino desecho?”. -- mientras ella tocaba su violín, me sentí muy atraída por la melancolía y euforia de su melodía. Y cuando culmino de resbalar el arco por las cuerdas, le pregunté en que se había inspirado para componer tan hermosa creación. Y ella débilmente, como aturdida me respondió: -- La compuse en una amarga noche de otoño, en la que me encontraba muy triste y desorientada, dispuesta a terminar con mis días, y pensé: no encuentro la frase crucial que inicie alguna similitud a ojos tan fuertes como la ilusión de morir. Y me Pregunte si acaso existiría alguna escritura que pudiera expresar tal agonía. ¿La verdad? no lo sabia, pero si sabia que podía describir paso a paso mi deceso, ese deceso seria mortal y definitivo, no habría vuelta atrás ¡si es que alguna vez la hubo! y también dejaría que mis lágrimas desfilaran por mi rostro, como la luna sobre el anochecer; Ahí, mi mirada seria como la más maldita poesía muerta. Es ahí donde culminó ese sentimiento, y compuse “¿Quien soy yo para trazar un pergamino desecho?”... Una triste historia, para una triste música ¿no te parece?

-- ¡Te entiendo Keltzivä!, yo, al igual que tu, compongo visiones del alma, pero no sinfonías, sino poesías... ¿quieres que te recite una?

-- ¡Sí... por favor!

-- Esta poesía se llama:





Déjame que me doble con el viento







Siento que el abismo me acaricia

Y me sumerge en un mar de lágrimas que no puedo contener ni deseo hacerlo

Lloraré para así saber lo que sucederá después con mi conciencia.



Quiero que toda esta oscuridad se desvanezca poco a poco, para no extrañarla

Así disfruto lo que los futuros días me traen.



A través de mis alas me sujetare para no subir

Así mi piel se instalara en lo más oculto de la tempestad

Y solo mi interior me hará salir de esto.



Mi sombra indignada conmigo ya esta creando sus propios movimientos y no puedo retenerla.



Mis alas se desvanecen y no consigo aferrarme

Creo que yo misma estoy abandonándome

Debe ser que mi reflejo me esta llevando a mi propio equilibrio

¿Me suicidare? ; ¿esa es la verdad y no quiero aceptarla?



Claro, eso es, pero debo estar tranquila y dejar de sentir miedo

Del saber que puedo traspasar mi piel y que el viento se lleve lo que quede de mí

Retomo él aferrarme a esa salida

Que en el fondo no es más que una lúgubre cobardía.



-- Creo que somos dos almas suicidas, que buscan algún pergamino que devele la respuesta de la existencia – dije.



Durante un buen rato, Keltzivä no pronunció ni la más mínima señal de querer seguir platicando. En aquel súbito silencio, el cuarto se nublo pausadamente y a cada milésima de segundo me era más extenuante avistar sus rasgos faciales. De repente, entró un esplendor seguido por una presencia masculina y una femenina (eran los padres de ella), el señor Ian Catam, en su mano derecha sostenía un candelabro y la señora Clair en ambas manos sostenía una bandeja muy brillante, con varios cubiertos y platos con muchas cosas deliciosas, como dos rebanadas de melón, unos racimos de uva, y un vaso de jugo. Pero entre todas esas cosas deliciosas había un aroma muy desagradable, el de la verdura más despreciable del planeta: ¡el pimentón! que se encontraba alrededor de unas ricas setas con carne. Pero no dije nada acerca de ese pormenor, mientras la señora dejaba la fuente encima de mis frazadas. Porque no me pareció educado complicar aquel momento por un simple detalle. Y mientras yo comía, la señora Clair me revelo que en tanto culminara la noche, y llegara el amanecer, partiríamos en dirección a mi hogar, lo cual me puso de muy buen humor. al terminar de comer y después de dar gracias por tan rico piscolabis, mi voz se dirigió al señor Catam, sorprendiéndolo con una pregunta que entumeció toda la platica.



-- Señor... ¿qué es lo que dicen aquellas pinturas? – pregunté, y el levantó súbitamente su mirada dirigiéndola a los cuadros, diciendo prepotentemente:

-- ¡Ya es tarde, mañana partiremos a primera hora!



En su efecto, todos se fueron junto con la claridad de la habitación. Y después de eso, dejé la bandeja en el suelo y me acomodé para dormir calmadamente, pero con una amarga sensación de haber incomodando demasiado con mi pregunta y presencia; así que decidí emprender vuelo esa misma noche sin ninguna compañía. Y al cabo de algunos minutos de haber tomado la decisión, me levanté y vestí mi cuerpo. Pero por un segundo me detuve al escuchar un sonido muy distorsionado, que parecía más bien un llanto, un quejido mórbido y sombrío. De inmediato aludí que se podía tratar de Keltzivä, pero que caso tenia que fuese ampararla y averiguar que le sucedía en la mitad de la lobreguez, si ella no tenía nada que ver conmigo, ni yo nada que ver con ella. Así que sin importarme eso, me acerque descalza a orillas de la ventana muy cuidadosamente, para que nadie detectase mi huida, y abrí los visillos, y luego la ventana, y para mi fortuna, descubrí que se trataba de un solo piso. Al voltear e ir en busca de mis botas (que brillaban bajo el lecho), escuche pisadas muy débiles provenientes del pasillo, fue tal el terror de que adivinaran mi plan, que salte por la ventana sin pensarlo dos veces. Y caí con los pies desnudos a la tierra lodosa, y camine perspicazmente tratando de esquivar los centenares de charcos, hasta que llegue a los limites de la casa, y cuando detuve el paso, para limpiar el barro que viajaba junto a mí, oí un fuerte ladrido, entonces miré hacia atrás y para mi desdicha, a mi encuentro se dirigía un enorme sabueso, dispuesto a desgarrarme por completa. Salté la cerca aceleradamente, pero antes de que lograse cruzarla, el animal agarró parte de mi vestido, cercenándolo superficialmente junto con parte de mi piel. Y a lo que cruce la muralla, caí tan fuerte, como cae un ave al ser alcanzada por las balas de un insano cazador. No vociferé ninguna maldición a aquella bestia, pero en mi mente navegaron miles de conjeturas.

Luego avance dispuesta a soportar la herida, recorriendo terrenos vírgenes para mí, con la pierna descolocada por aquel brutal ataque.

Al rato después, llegue al final del camino, digo final por que estaba dividido en tres, y no sabia cual elegir sin temor a equivocarme. Y en ese pequeño lapso, me surgió una duda más grande, y era: ¿por que el señor Catam se había molestado tanto con mi pregunta?, ¿Que era lo que representaban las pálidas pinturas?... bueno, en ese momento creí que nunca lo sabría pero el destino me deparaba la de todos modos la respuesta.

Y mientras estaba decidiendo cual camino tomaría, a lo lejos, escuche galopes, y procure a esconderme fugazmente detrás de algunos matorrales. Y a los segundos divise que era un corcel negro, grande y robusto, jineteado por una mujer que me pareció conocida, “lo induje por su vestimenta”. Para mi sorpresa, era Keltzivä... entonces salté por encima del zarzal, pero no por me alegrase de verla, sino para que me señalase la ruta correcta.



-- ¿Qué haces aquí Jannike? -- me dice al mirar completamente mi figura.

-- ¡Volviendo a casa! – respondí.

-- ¿Pero por que no esperaste hasta el alba?

-- ¡No lo sé! – dije... pero la verdad no quise responderle, con detalles.



Entonces ella, bajó de su caballo, y lo amarro al árbol más próximo, teniendo mucho cuidado de no dañar el equipaje, que traía el palafrén en sus ancas. Luego de ello se acerco a mí, al mismo tiempo que la luz de la luna delataba la sangre en mi pie.



-- ¡¿Qué es esa herida?! – me preguntó asustada.

-- ¡Solo un recuerdo de tu gozque! – le respondí irónicamente.

-- ¿Te refieres a Corpus?

-- ¿Así se llama ese demonio?

-- Lo siento tanto, Jannike.

-- No más que yo, supongo...

-- ¡Déjame ver tu herida! – me decía mientras se acercaba a mi piel, y desataba sus cabellos, y deslizaba apaciblemente la cinta que apresaba sus cerdas, sobre mi rasgadura. -- No te seguiré preguntando él por qué de tu decisión de viajar sola en medio de la noche, por que eso ya no importa... pero lo que realmente importa es que te pude encontrar antes de que tomases algún camino que no fuese el tuyo. ¿No te parece?

-- ¡Sí claro! -- dije -- ¿y cual es el correcto? – proseguí.

-- ¡Es el derecho! pero con ese pie lastimado no llegaras muy lejos... si tu quieres, puedo llevarte a tu hogar.

-- ¡No es necesario!... Tus padres se preocuparan mucho si no te ven al amanecer acomodada en tus sabanas.

-- No lo creo; mis padres ya deben estar muertos... – me dijo susurrante.

-- ¿De que hablas? – le pregunté algo exaltada y extrañada.

-- Si, como lo escuchaste... mis progenitores desaparecieron hace ya nueve otoños. Y tanto ellos, como yo, éramos de Taampere... ¿Sabes donde queda Taampere? – me preguntó con una voz espumosa.

-- No. – le respondí con el mismo tono.

-- Taampere es una región que esta al sur de Särnkvist, pero en realidad no sé a cuanta distancia exactamente, pero he escuchado que para llegar, es necesario un mes de viaje. Y es en Taampere donde yo me encontraba en el año 1714; cuando apenas era una niña de diez años, que vivía junto a sus padres: el señor Todd Criisää y doña Darlene de Criisää; mi padre en Taampere era un pintor y escultor muy talentoso y famoso, que un día decidió ir en busca de la pieza arquitectónica más antigua y más destacada de este país, me refiero al castillo Inperanon, ubicado en la isla de Arssis, para así poder terminar su más grandiosa creación artística, que titulaba: “lagunas de Inperanon”... y cuando decidió emprender aquel desgraciado viaje, mi madre y yo teníamos un terrible presentimiento, e intentamos en vano que no partiese; pero si tal vez mi madre le hubiese dicho que tenía algunas semanas de embarazo, él hubiese abandonado su viaje. Pero mi madre no le menciono nada de aquella gestación. Y él, ignorando aquello; inicio la culminación de su obra maestra.

Pero al pasar los días y las semanas, no obteníamos ninguna señal de mi padre. Hasta que enfrentamos la posibilidad de que algo no previsto pudiese haberle sucedido, por lo tanto había que ir en busca de su ser. Pero para ello necesitábamos un bote, el cual no teníamos, por que no éramos una familia muy adinerada y solo podíamos aspirar a solo un pequeño bote, que era en el cual mi padre se había marchado. Pero conseguir un bote en Taampere, no era nada de complicado. Porque cada familia se atribuía uno y otras más de uno, para uso domestico. Así es como le pedimos uno al señor Austrheim Overskott, nuestro vecino más directo, y al explicarle la situación, no solo nos presto un bote, si no también le pidió a su cuñado Ole Clausen, que fuera nuestro capitán de búsqueda. Eso fue muy bueno porque Ole Clausen era reconocido en todo Taampere, como un excelente navegante, y por lo demás, era un muy buen amigo de mi padre. Entonces de ese modo, al día siguiente, al amanecer el señor Clausen nos estaba esperando con su hija Elin, en el puerto.

Elin era una niña de solo siete años, de cabellos dorados que se le retrataban hasta la cintura, y de ojos bellamente rojos, iguales a los de su padre. Elin, llevaba en sus manos una especie de escapulario, un poco deteriorado, pero no un típico escapulario con representaciones cristianas, sino uno con imágenes realmente importantes: las figuras de sus padres.

El señor Clausen en su bote, solo llevaba algunas provisiones para el viaje, al igual que mi madre; yo, solo llevaba a mi espalda, un viejo violín, cubierto con una suave tela azulada, misma con la cual se me había regalado a la edad de seis años por mi abuela, Bente Tveiten (Q.E.P.D.).

A los minutos, estaba todo dicho y hecho. Salvo por un gran detalle: que ninguno de nosotros sabia donde rayos, quedaba la isla de Arssis.

El señor Clausen nos tranquilizo a todos diciéndonos que eso no importaba tanto, ya que nos detendríamos en la isla de Kronheim y preguntaríamos la ruta a seguir. Es así como nos embarcamos.



-- ¿Cuántas semanas lleva fuera de Särnkvist su marido, señora Darlene? – preguntó con voz raspada el señor Clausen.

-- Tres semanas completas – respondió amargamente.

– ¡No se preocupe señora Darlene... seguramente debe estar pintando todo lo que se le cruza en su camino! ¡Ja-ja! – dijo alegremente el señor Clausen, pero mi madre solo alzo su mirada hacia las nubes, sin decirle ninguna palabra.



Ese día, las horas transcurrieron rápidamente; ni siquiera nos alcanzamos a dar cuenta cuando las nubes se tiñeron de gris y el aire comenzó a hacerse cada vez más candente.



– Bueno, eso es todo por ahora; dormiremos aquí – agregó el señor Clausen, mientras lanzaba una oxidada ancla a las aguas, y abrazaba a su hija. Mientras que mi madre, solo cerró los ojos, pero no concilió el sueño; lo noté por su respiración un tanto agitada.

-- ¡Miren! ¡Miren! – gritó Elin, al tiempo que apuntaba a las afueras de la balsa.

-- ¿Qué te sucede hija? – le preguntó el señor Clausen, y Elin sin decir nada, estiro su mano derecha y agarró algo que clandestinamente navegaba por las aguas.

-- ¡Solo es una hoja de papel niña! – dijo mi madre.

-- ¡No! ¡No es solo una hoja de papel, sino un fragmento de la última obra artística de mi padre! – Dije entumecida – y mi madre, al escucharme eso cayo desmayada. Y mientras seguimos navegando encontramos más piezas de arte.



-- ¡Silencio Keltzivä! – interrumpí abruptamente su narración.

-- ¿Qué sucede Jannike?

-- ¡Silencio! ¡Silencio! – alcancé a decir justo antes que enfrente de nosotras cruzase un veloz corcel, cabalgado por un jinete de traje negro y sombrero de copa, seguido por un feroz can, que se detuvo directamente al lado de nuestro estar, comenzando a ladrar enfermizamente. Pero el caballista no le hizo caso, siguiendo su ruta sigilosamente, y el maldito perro por suerte derivo en el mismo actuar.

-- ¿Era el señor Ian Catam? ¿Cierto?

-- ¡Sí! ¡Era ese maldito! Jannike: te diré la verdad del por que estoy aquí contigo... ¡Estoy huyendo!

-- ¿Huyendo? ¿De quien... o de que?

-- ¡De la prisión en cual me encontraba!

-- ¿¡Prisión!?

-- Te contare desde el principio, cuando tú preguntaste lo que decían las pinturas. Abriste una vieja herida, y me hiciste recordar el enigma de mis padres, enigma que el matrimonio Osboss jamás ha dejado que averigüe. Sé que no me estas entendiendo mucho, así que súbete al caballo y te explicare. Entonces ella tomo las riendas de su caballo firmemente, y al momento que montamos, en vez de adentrarse en los caminos; se interno aun más en el bosque. Y mientras esquivábamos los abetos, ella rompió el hielo diciéndome...



-- Durante nueve años no he sabido en realidad como llegué a este pueblo, ni qué paso con mi padre y toda la tripulación de la piragua, solo recuerdo haber despertado a orillas de este suelo llamado Särnkvist, a bordo de una canoa rodeada de las pinturas de mi padre, junto con el escapulario de Elin en mis manos cubierto de sangre, al igual que mi cabeza. Pero hoy, al ver tu osadía de saltar por la ventana y seguir con tu ideal de volver con tu familia, me hizo ver que yo debía seguir tu ejemplo...

-- entonces, Keltzivä cuéntame... ¿Cómo es que conociste a la pareja Osboss? – pero ella en ves de responderme directamente, desvío mi pregunta con otra pregunta:

-- ¿Qué tan lejos de las colinas Särnkvist, esta tu morada?

-- Mi casa esta justo detrás de las colinas Satyr, justo en medio de las montañas de Särnkvist. – le respondí.

-- Bien, entonces no se diga más; antes de que salga el sol, estarás de vuelta en los gratos brazos de tu madre.



Ya faltaba poco para que llegásemos a las colinas Satyr, e hicimos un alto para merendar algo de las cosas que Keltzivä traía consigo, que básicamente eran frutas.



– Jannike, lo que decían las pinturas aun para mí es un misterio. Estaban escritas en una lengua extranjera, en una lengua más norteña que la nuestra, creo que es la diabólica lengua que se teje en Arssis, “eso es lo que la señora Ösboss me menciono una vez.”



(En ese momento no me atreví a decirle nada, solo me limite a seguir comiendo algunos gajos de uva, que se deslizaban por su mochila). Después de que termine de comer las últimas divisiones del racimo, investigué que más había en la talega y para mi sorpresa, había un bello violín.

-- ¡Trajiste tu violín! – dije.

-- ¡Sí! – me respondió.

-- ¿Querrás que toque una melodía, verdad?

-- ¡Sí! ¡Claro!

-- Esta bien, pero tocare solo una. Pero no se te olvide que Ian Catam esta tras mis pasos.



Por desgracia lo que decía, tenia mucha lógica. Al terminar su sinfonía, miró al firmamento y suspirando dijo estas palabras:



-- “Levantare polvo cuando deje de bañar mis pies descalzos, en el mar de mi soledad. Ella será la señal de que todo ha terminado y que el camino que un día dudé en recorrer se limitara al final...” – pero no lo menciono para que yo lo entendiera, ni menos para que le respondiese, sino que lo divagó a los vientos que danzaban momentáneamente. De pronto, mientras se levantaba, iba diciéndome --Jannike ya es hora que regreses a tu casa; pero antes de que montemos, quisiera decirte una cosa...

-- ¿Qué seria? – le pregunté levantándome y siguiendo sus pasos hacia el corcel.

-- Que al llegar a tu hogar, será nuestra despedida --- me lo mencionó con sus lacrimales algo tensos, al mismo tiempo que montaba su caballo y estiraba su mano derecha, para que yo hiciese lo mismo.



No le dije nada, solo monte en silencio... y mientras avanzábamos, la lluvia comenzaba a caer rápidamente y junto a ella, los primeros rayos del amanecer. Pero eso ya no importaba, porque nos encontrábamos muy cerca de mi hogar. A tal punto de cercanía, que cuando salimos del boscaje y pisamos tierras grises, observe que esos suelos opacos, eran el inicio de las colinas Satyr. En ese momento Keltzivä detuvo la marcha y me susurró:



-- No hagas ruido ¿Ves aquel caballo amarrado a ese árbol?

-- Si, claro ¿qué tiene de especial? – respondí.

-- Ese es el corcel de Ian Catam.

– ¿Estas segura?

– Sí, muy segura.

-- ¿Y que haremos?

-- ¿Sabes montar?

-- No mucho.

-- Bueno, siempre hay una primera vez para todo.

-- ¿A que te refieres con eso?

-- A que tu tomaras mi caballo y yo tomaré el de él.

-- No, no lo hagas es muy peligroso, si el señor Ian Catam te ve, será el fin de tu huida.

-- Puede que tengas razón; pero si Ian Catam pierde su único transporte, no podrá seguir...

-- Pero Keltzivä... es muy arriesgado.

-- Confía en mí...



Y mientras ella repetía su última frase suavemente, también bajaba cautelosamente del caballo, sujetándose de mi vestido. Los segundos en aquel transcurrieron lentamente, y a su vez fueron muy tensos, pero al fin, Keltzivä, cruzó por aquel despejado camino, tomando rápidamente posesión del animal. En su efecto, me dibujó ciertas señas en el aire para que comenzara a cabalgar, y es así como comenzó una intensa carrera que culmino en la ribera de las montañas Särnkvist. Y al momento de detenernos ella sonriente me dijo:



-- Ian Catam tiene la costumbre de amarrar a su caballo cuando va a alejarse mucho, pero lo suelta cuando está al alcance de su vista. -- mientras alardeaba de su gran hazaña, advertí algo muy raro en las ancas del corcel.

– ¡Keltzivä! ¿Que es esa sustancia plasmada en el corcel?

-- ¿De que hablas?

-- ¡Pues de eso! -- le recalqué, mientras le apuntaba a las ancas del corcel. Ella lentamente incorpora su confusa mirada hacia atrás, deslizando su mano derecha sobre el pelaje del palafrén.

-- ¡Sangre! – vociferó aterrada, bajándose del caballo.

--¡No puede ser! – dije

--¡Si, si puede y es, pero no es mía! – exclamó desconcertada.

-- Entonces debe ser del palafrén.

-- No, no lo es.

-- ¿Y por que estás tan segura?

-- Por que le seguiría brotando, y en su defecto, esta estática.

-- Entonces debe ser de Ian Catam.

-- ¡Si es así... y ojalá lo sea!... De todos modos no seria nuestro asunto. -- cuando dijo eso, noté una cierta alegría en su rostro, junto con esa expresión derivaba otra muy distinta: la crueldad. Mi boca se seco y las palabras mudas se ahogaron en mi garganta.

-- ¡No me mires así Jannike, por favor! me haces sentir como si yo fuese la culpable de su supuesta desgracia... ¡Tu no lo conocías! ¡Tú no lo conocías! -- repetía y repetía, cayendo de rodillas al suelo lodoso, junto con sus lágrimas. -- ¡Tu no lo conocías! – recalcó hasta que cesó de emitir aquella quejumbrosa frase, y procedió a revelarme otra misantrópica secuencia de su historia, pero no se lo permití, pues creo que todos tenemos derecho a guardar algún maldito secreto.



Ya de vuelta a los caballos, no nos dimos ni cuenta, cuando al fin habíamos llegado a mi hogar. Fue lo más bello que me había sucedido desde las últimas albas; tanto que mis ojos estallaron como estallaría una copa de cristal lanzada desde las nubes hacia el mar...



-- ¿Qué te sucede Jannike? – me preguntó un tanto asustada.

-- ¡Esa es mi casa! – le respondí dirigiendo mi mano derecha hacia nuestro frontis.

-- ¿Lo dices en serio? -- preguntó ridículamente, así que no le respondí. “Porque como cómo diablos ella aludía que yo jugaría con algo como eso”… “tampoco le respondí, por la sencilla razón de que siempre he pensado que no existen las preguntas tontas, sino solamente las respuestas estúpidas” Pero lo concreto es que en ese instante, era que por fin el estertor de llegar a mi casa había terminado.



Recuerdo exactamente lo que hice después de bajar del caballo: corrí directamente a la puerta principal y la abrí de una sola vez. Y ahí, al abrirla... vi lo que detonó el deterioro en demasía creciente de mi demencia actual... ¡Mi madre! ¡Ella, la mujer más bella y especial que habitaba este maldito mundo, se encontraba tendida en el piso, con sus muñecas cercenadas, y todo su hermoso cuerpo descarrilado e inerte, cubierta solo con unas sabanas de tono blanco, que cobijaban el color rojo por casi todo su material. ¡Oh, desgraciada fue mi suerte en esos instantes! ¡Que desdichado espectáculo! ¡Que imagen más escalofriante!... ¿Cómo pude vivir con ese dolor? ¡Si se le puede llamar vivir después de haber introducido aquella inmunda escena en mi armadura mental! mi mente se nubló y no consiguió hacer reaccionar ningún otro músculo facial, más que el de mis labios que gritaban y clamaban auxilio ante lo sucedido.

Entonces, brinque hacia las extremidades de su cadáver, y sujetando mis ropas, me incline y le hable; pero no había reacción alguna, ahí fue cuando recién sucumbí ante la pena y el dolor, de tener enfrente a mi madre muerta Keltzivä., al percatarse de lo que estaba sucediendo, me tomó por los hombros y me alejó de lo extinto.



--¡Q! ¡Q! ... ¿Quién es la mujer que se aposenta en tu hogar? – preguntó horrorizada.

-- ¡Es mi madre! ¡Esta muerta! – Le respondí gritando coléricamente -- ahí todo sé volvió oscuro



Los gritos que yo emanaba, hicieron llegar a la mayoría de los vecinos, y antes de que me diese cuenta, toda la sala principal estaba invadida de algunos rostros conocidos y otros no tanto.

Mi desesperación fue esquizofrénica, tanto así que Keltzivä y un antiguo amigo de mi madre, el oficial superior de caballería J. J. Dehimhal tuvieron que sujetarme, para que no cayera en un colapso nervioso.



<< El oficial Dehimhal era un muy buen amigo de mi madre, creo que se conocían desde la infancia >>.

...Y en la habitación, también se encontraba la desgraciada Petrinää Sillanpää, una mujer bastante amargada, que siempre se preocupó de desteñir, la celestial relación que yo tenia con mi madre... Pero en ese momento, los antiguos odios no tenían razón de ser, así que después de analizar lo que estaba sucediendo y también con quienes lo estaba apreciando, decaí por completo en un desmayo letal.

A la mañana siguiente, amanecí en los brazos de Keltzivä, acomodada en suaves fundas de dormir y mientras ella acariciaba apaciblemente mis pupilas desperté de súbito y le pregunte:



-- ¿Dónde estamos?

-- ¡Estamos en tu casa! – me respondió vagamente

-- ¿Y mi madre? ¿Por qué ella no esta junto a nosotras? -- Keltziva solo me miraba con espanto sin decir nada. De pronto en mi pulpa cerebral rebotaron imágenes inconexas, muchas sensaciones de horror y muchos recuerdos que estaban encarcelados.



-- ¡Keltzivä dime que todo fue una desgraciada pesadilla, dime que mi madre vendrá a regalarnos parte de su tiempo y charlaremos de nuestras extrañas aventuras! – pero ella solo se levanto de la cama, y se dirigió a mí, abrazándome fuertemente, agachando su descolorida mirada, diciendo:

-- No, Jannike... no fue una pesadilla...



En ese santiamén, me desprendí de sus brazos, levantándome de la cama; dirigiéndome a la puerta de la habitación. Corriendo por el pasillo, que daba directo a la sala principal, pero ya el cadáver de mi madre no estaba, ni tampoco su hedor, ni nada que demostrara que ahí, antes había un cuerpo sin vida.



-- ¡¿Dónde esta?! ¡¿Dónde esta su cuerpo?!

-- ¡Cálmate! Un oficial del ejército, con la ayuda de unos soldados sacó a tu madre, llevándosela a la iglesia para velar su cuerpo -- esa noticia me puso furiosa, y abrí violentamente la puerta principal, dando pasos agigantados.

-- ¿Jannike adónde vas tan enojada? – me pregunto Keltzivä algo desconcertada

-- ¡¿Pues a donde crees?! ¡A la iglesia!

-- ¿Porque no tomas un caballo y vas en él?

-- ¡No! Caminaré... pues no queda tan lejos...

-- ¿Y por qué vas tan enardecida?

-- ¡¿Pues por que crees?! ¡Se creen con el derecho de decidir lo que hacer con mi madre sin preguntarme antes!



Al momento que llegué a las puertas de aquella ridícula iglesia, toda mi ira se desvaneció y comencé a llorar y a expulsar toda mi agonía. Porque al abrir las puertas, vi tantos rostros confundidos y agonizantes, que no dije nada, solo me uní al dolor. Y al contemplar a mi celestial madre tendida en un maldito féretro, con sus cabellos sonrientes y su cara endurecida, mi cuerpo comenzó a temblar y mi mente a arder, así que salí lo más rápido que pude de aquella triste iglesia. Al alejarme, pensé en por qué mi madre había muerto ¿Acaso algún maldito ser demente la había asesinado? ¿O ella misma, se habría quitado la vida? ¡Pero que caso tenia que buscase algún culpable! ¡Si ya mi ser más querido no resucitaría! Solo me quedaba seguir su mismo camino: el sendero de la muerte...

Después de horas caminado, llorando y pensando en ese sádico dilema, que ya casi la había decidido por completo, y el sádico dilema era: “ya lo he conversado con mi carne y hemos decidido que la corriente sanguínea ya no seguirá mas su curso normal, que convertiré todo lo que he sido, en solo recuerdos, que esta mirada tan fuerte se apagará para siempre”. Luego de auto recitarme tan secantes líneas, asumí que mi muerte se realizaría en la cascada Erkek, (muy cerca de donde me encontraba en ese momento) allá, abriría mis venas con sus abismales rocas.

Malsana estaba mi mente. Totalmente podrida de tanto sufrimiento, de tanta agonía; pero en fin, la mente humana es incluso más frágil que la misma piel. En ese instante, también navegaban otras frases en mi mente. Un poco menos oscuras tales como: ¡a quien puedo reprochar todas mis vivencias pasadas, y las futuras... no tengo el control de mis experiencias, pero si puedo desteñirlas y colorearlas!... pero en fin; cuando llegué a la cascada Erkek, los pensares suicidas se esfumaron, lo único que hice al acercarme a las orillas de la cascada, fue lavarme el rostro y manos. Me mantuve algunas horas pensando en como seria todo ahora, sin mi madre; sin mí todo en general...

Ella era todo lo que tenía, era mi consuelo, era la presencia que me bastaba para sobrevivir. Bueno, pero que más daba eso ahora; porque por mas que llorara, ella no aparecería enfrente.

Después de aclarar las ideas, levante los sentidos, dirigiéndome a casa. Y al llegar a ella, observe que faltaba un corcel, y se me cruzo por la mente de que Keltzivä andaría en busca de mi presencia. Al momento que pensé en aquello, en la lejanía rebotaron sonidos sordos, y galopes bastante agitados, hasta que se detuvieron a mi espalda, pensé en lo peor, pensé que se trataba del señor Ian Catam. Pero con el solo hecho de escuchar ciertos suspiros, y latidos, adivine que se trataba de Keltziva, pero no de una Keltzivä incólume, sino todo lo contrario, estaba totalmente nerviosa y agitada.



-- ¿Dónde estabas? ¡Te estaba buscando! – me preguntó.

-- Solo despejando mis ideas – le respondí ya mas calmada. -- ¿Y tu... por qué vienes tan agitada? – continué.

– Solo es el cansancio – me respondió.

-- ¿Y por que diablos tienes todas tus manos ensangrentadas?

-- ¡Por favor! ¡No me hagas mas preguntas por ahora! ¡Mañana te contare todo!



Y en el trance de aquel enigmático hecho, la llevé a que se limpiara toda la sangre que traía consigo, también para que se relajase y tratase de relatarme lo que le había acontecido, pero no conseguí sacarle ni la más mínima frase. Solo después un lapso se digno a decir:



-- ¡Jannike debo irme lo antes posible de Särnkvist!

-- ¿Por qué la prisa?

-- ¿Cuándo van a sepultar a tu madre?

-- ¡No lo sé! ¿Por qué demonios preguntas semejante aberración?

-- ¡Discúlpame! ¡Pero después que sepulten a tu madre, partiré de Särnkvist! – al escuchar eso, mi corazón se acongojo, y la abrace fuertemente besando su mejilla.

– ¡Siempre te recordare! – le dije.

– ¿Cómo? ¿Acaso no me acompañaras en mi viaje?

-- ¿De que hablas?

– ¿Te gustaría acompañarme?

-- ¡N... n... no lo sé!

-- ¡Bueno no es necesario que me respondas ahora! – me dijo tranquilamente.



Su propuesta me puso en una encrucijada de gran magnitud; por que por una parte, en Särnkvist no quedaba nada; mi madre era todo para mí. Sin ella, viviría en la más amarga depresión, hasta el fin de mis días. Por otra parte Keltzivä, se había convertido en una fiel compañera, y si ella se iba, tal vez no volvería a verla más. Pero en ese momento lo único que sabia con certeza era que debía pensarlo calmadamente.

Y luego de la pequeña charla que habíamos tenido, le indique cual seria su habitación.



Esa noche no pude dormir, recordando los dulces abrazos de mí fallecida madre, e interpelando incansablemente ¿Cuánto dolor más podría soportar? ¿Cuánta más agonía resistiría?

Sentía que todo lo que hacía no tenía sentido, solo quería algo a que aferrarme, algo verdadero. Deseaba firmemente fenecer, pero no era tan valiente para cortar con todo ese desamparo. Mi soledad era un maldito juego sepulcral de alguna repúgnate y fantasmagórica fuerza; ¿Dios? ¿Jesús? No lo sabia, nunca había creído en esa vil filosofía, y de seguro nunca lo hare. Pero de algo si estaba segura: era el juguete más odiado de alguna deplorable esencia...

En verdad, me encontraba perdida en los brazos de la soledad, en los brazos del abatimiento, nada de lo que hiciese cambiaría ni por un segundo toda esa amarga falencia. Lo peor de todo, era que yo no moriría; seguiría viviendo con esa cruz de espinas, colgada en los hombros.

¡No!... ¡no!... ¡no!... ¿Por qué esta garganta sostenía el nudo de la cuita? Desde aquel día ya solo vivía por inercia, no por voluntad propia; vivía cada mañana acomodada de fantasías.

La consternación me carcomía la moribunda ánima; y no podía siquiera respirar... la depresión al principio era divertida, pero en esos momentos, era una lastimosa espina que me brotaba del pecho.

Pero al amanecer, todos mis pensamientos estaban enfocados en la propuesta de Jannike, y todo indicaba que mi respuesta seria positiva. Cuando fui a su habitación para darle mi posición ante su propuesta, la encontré observando a través de la ventana.



-- ¿Que es lo que miras? -- le pregunté desválidamente.

-- Solo las nubes grisáceas – me respondió con un suspiro.

-- De seguro lloverá intensamente -- ¿no lo crees así?

-- Sí, así es.

-- Entonces el viaje se nos hará más crudo, ¿no crees? – y en ese momento volteo a mirarme con cara de sorpresa y me dijo:

-- ¿Con eso quieres decir que iras conmigo?

-- Sí, así es.

-- Pero con una condición – dije repentinamente.

-- ¿Cuál? – preguntó sorprendida.

-- Que me digas que te sucedió ayer – y se quedo en un silencio sepulcral y palideció.

-- Te lo diré, pero también te pediré una condición. – me respondió

-- ¿Cuál?

-- Que a pesar de lo que escuches, no te arrepentirás.

-- Mmmm... Esta bien.

-- ¡Júramelo!

-- ¡No! ¡Claro que no! ¡No te jurare nada!

-- ¿Por que no?

-- ¡Por que solo los malditos cristianos juran! ¡yo no lo soy! ¡nunca lo seré!

-- Esta bien confío en tu palabra – y entonces, procedió dócilmente a relatarme lo que había acontecido el día anterior, pero por más que hablaba, no lograba entenderle nada de su discurso, así que rompí mi silencio diciendo fuertemente:

-- ¡De una vez por todas, cuéntame que diablos te sucedió! – y mirándome directamente a los ojos, me dijo:

-- ¡Esta bien! ¡Te lo diré sin tantos preámbulos! ¡Asesine al hijo de puta de Ian Catam!

– ¡Que!... ¡¿Pero de que hablas?! – le pregunte despavorida

-- ¡Lo que escuchaste! Ayer, saliendo detrás de ti, te perdí el rastro y comencé a dar vueltas en círculos, hasta que sin darme cuenta llegué a las afueras de este pueblo, y cerca de algunos arbustos creí escuchar ruido, entonces baje del corcel y lancé tu nombre incansablemente. Al acercarme a unos pequeños abetos, me di cuenta de algo horroroso; se trataba del sucio bastardo de Ian Catam. Y cuando reaccione e iba a empezar a correr, él me sujetó del brazo derecho, junto con una mirada de furia, comenzó a decirme que mi cuerpo era de su pertenencia, que mi vagina siempre seria suya, que jamás dejaría de violarme. Fue tanto mi terror que se inicio un brutal forcejeo, que termino al momento que yo caí al suelo, y él aprovechándose de eso, empezó a dañarme físicamente sin contemplación alguna. Pero en un descuido suyo, pude repelerme de sus ataques, también percatarme que muy cerca de mi mano izquierda se hallaba una puntiaguda roca, la que luego de divisarla la empuñé fuertemente, para así producir mi macabro homicidio, propinarle las más sádicas heridas por toda su insignificante faz. Después de verlo tendido en tierra con todo su cadáver masacrado y humillado, grité y grité subiéndome al caballo, y me dirigí hasta aquí, dejando así sus inmundos restos humanos, tirados en medio del bosque.



No supe que responderle, no sabía como encarar tan funesta confesión; ella tenía sus ojos empapados de daño y tormento.

Pose mis manos en su cabeza, tratando de amparar en algo su delirio. Al ver mi reacción, ella me empujó rudamente de su lado gritándome:



-- ¡Mis heridas internas no son visibles para ti, por el solo hecho de que las plasme en esta habitación! ¡Mis heridas más sádicas no fueron causadas por mi voluntad, sino por la mierda a mí alrededor... cuándo el corazón aun era tibio, cuando el alma aun era de seda, cuando el néctar de la pureza recorría estas venas... mi odio no es injustificado, sino que es una perra semilla que creció y fue regada día a día por el exterior! ¡Oh malditas escenas que no desaparecen... y que no desaparecerán nunca! ¡Sufriré en silencio; sufriré... pero aprenderé de ellas!

¡No pretendo tocarte el corazón, ni que sientas lastima de mí; por que si la sientes, bórrate de mi vista!... ¡Bórrate de mi vida! ¡Solo te lo confesé para ver tu reacción!



A lo lejos, se aludía que la lluvia ya comenzaba a caer y que danzaría intensamente por algunos días. Entre tanto, su tétrica historia y su oscura reacción me habían hecho olvidar por algunos leves instantes mi propia desdicha, pero no por mucho, por que de pronto se escucho que llamaban a la puerta, y para mi sorpresa, se trataba del oficial superior de caballería J. J. Dehimhal, acompañado de dos soldados más, pero de menor rango.



-- ¡Pasen! ¡Pasen! – les dije.

-- ¡Muchas gracias! – se escuchó a coro mientras entraban y dejaban sus mojados abrigos en la percha.

-- ¿Cómo has estado Jannike? – preguntó el oficial Dehimhal; no le contesté nada y solo me limité a ofrecerles asiento.

-- Jannike, mañana será el funeral de tu madre.

-- ¿Mañana?

-- Sí, mañana...

-- ¿Oficial, ya se determinó la causa de su muerte? – pregunté fríamente

-- Si... fue un suicidio, sin duda alguna.

-- ¿Cómo puede estar tan seguro?

-- ¿Cómo puedo pedirte que me perdones? – me preguntó con una voz atormentada.

-- ¿A que se refiere? -- pregunté extrañada mientras él repetía su última petición con voz amarga, y puso sus manos sobre su cabeza diciendo:

-- Tu madr... tu madre, mi querida niña, dos días antes de lo sucedido, me confío una carta para ti, haciéndome prometer que no la abriría, y que solo la depositaria en tus manos, a tu regreso. Obviamente, le pregunté si acaso se iría de viaje; ante lo cual me respondió que si, pero no quiso decirme donde, lo cual me parecido sospechoso. Pero no la seguí interrogando, por miedo a que reaccionara de mala manera. Recién ahora comprendo mi error, quizá pude haberla ayudado, a que cambiase de decisión, y no mutilara sus tiernas muñecas.

-- No es necesario que se torture de esa manera oficial Dehimhal. – le sugerí serenamente.

-- ¿A que te refieres pequeña Jannike?

-- A que yo también podría decir lo mismo, pero no lo hago, por la sencilla razón, de que esa decisión no creo que la hubiese tomado de un día para otro, debe haberle acarreado años, puesto que ella solía decir que nunca había podido superar ciertos traumas de niñez – y el oficial Dehimhal al absorber esas conjeturas, se levantó bruscamente, ordenando a los otros uniformados que hiciesen lo mismo.

-- No creí que fueses tan fría niña – replicó entre dientes y furioso.

– ¡Me está mal interpretando oficial!

-- Bueno, como sea, mañana será el funeral... ¡Ah! Si es que te interesa, esta es la carta que te dejó – me dijo severamente mientras dejaba el sobre en mi palma derecha. Luego de eso, el mismo se dirigió a la puerta, retirando los mojados abrigos de la percha, dejando salir a sus súbditos. Se fue sin decirme ni una palabra. En ese momento, Keltzivä sale del cuarto, con su rostro muy pálido preguntándome si los oficiales se habían ido. No le respondí nada, solo me limite a enseñarle la carta.

– Mi madre antes de morir me escribió esto – dije con un melancólico suspiro.

– ¿Y no la vas a leer? – preguntó.

– No lo sé, creo que no es lo correcto. – respondí secamente. A las horas después, la sola idea de que en esa carta estaba la respuesta que tanto necesitaba, me carcomía la mente. Entonces le pedí a Keltzivä que la leyera por mí. Ya con la carta en sus manos, era solo cuestión de tiempo para saber su contenido. Entonces Keltzivä, me miró a los ojos y me dijo:

-- Comenzare a leer, deteniéndome cuando me lo pidas ¿Esta bien?

-- Sí, esta bien. – le respondí







Carta



Bella hija:



Las líneas que hoy escribiré jamás las leeré, ni tampoco serán grabadas en mi mente

Solo serán versos que la misma escritura no podrá entender

Serán escritas en una lengua inexistente

En una lengua muerta

Será mi propia lengua...



Las caricias del pasado nunca me tocaron, ni menos asfixiaron

Solo el dolor que hoy puedo describir y plasmar en esta incoherente existencia.



Son muchos los caminos que pueden hablar de mí

Pero no así poder volver a sentirme

Porque yo ya los he olvidado



Supongo que no fue tan difícil limpiar mis extremidades de sus inmundas esencias

Lo difícil es olvidar el presente camino.



¿Cómo olvidar el futuro si aun no lo he vivido?

¡Pero claro que si se puede olvidar el futuro!

Solo no tengo que vivirlo, y dejar de registrar tanta agonía en esta maldita carnadura.



Quiero dejar de sufrir...

Quiero dejar de vivir...

Oh suicidio...

Santificado sea tu nombre...

Serás mi corto acompañante... pero mi certero decidir.



Post data:



Mi nombre es solo una lúgubre frase que navega por vientos

Tratando de que algunos logren ensuciar sus labios pronunciándolo

Tratando de que sus mentes enfermas se enfermen aun más

Mi nombre se remonta a oscuros relatos de agonía... ¡solo soy mi propio tormento!





En esos instantes contuve el llanto, solo me limité a socorrerme en los brazos de mi amiga. Porque tanto como Keltzivä y a mi se nos caía el mundo a pedazos; lloramos y bramamos desconsoladamente, por un buen rato, sin hallar respuesta a los hechos ocurridos... porque ya la mierda era cada vez más putrefacta dentro de nuestras débiles mentes.

La lluvia se detenía delicadamente, como deja de latir un corazón en sus últimos segundos de vida. Y cuando se escuchó la última gota que caía a la tierra, nuestros juicios se iluminaban y aprovechábamos esas piezas de tiempo, en decidir nuestros futuros pasos a seguir. Llegamos a la conclusión de que partiríamos de Särnkvist al día siguiente; pero ya no era simplemente una opción, si no algo que debíamos hacer si o si, ya no era solo para descubrir lo que le había pasado a los familiares y amigos de, Keltzivä si no que también para escapar lo antes posible; antes de que se descubriese el brutal asesinato de Ian Catam, y las autoridades empezaran a demandar culpables. Pero por mi parte, el viaje sería mas para tratar de cicatrizar la inmensa herida que había causado él suicido de mi madre.

Lo más peculiar de todo, fue que después de conversar horas nuestros planes y decidir que partiríamos a Taampere, (su tierra natal) le pregunté en que nos iríamos, y su repuesta fue paradójica... por esas vesanicas casualidades de la vida, aquel árbol que en su fisura dibujaba una singular flecha indicando algo entre los matorrales, que fugazmente observe cuando me encontraba perdida en los bosques, era justamente donde Jannike guardaba la balsa que la trajo a estos confines. Y esa era precisamente la balsa en la cual nos embarcaríamos.

Esa noche no dormimos, solo nos dedicamos a empacar todo lo necesario; especialmente comida y ropa (claramente solo ropa mía, pero la dividiríamos de igual forma). Antes del amanecer, estaba casi todo listo, solo faltaba lo más importante: despedirme de mi ser más hermoso



A la mañana siguiente, la neblina lentamente abandonaba la superficie y a cada segundo era más fácil poder asimilar todo el entorno. Aunque nos levantamos temprano, no fuimos directo al sepelio de mi madre, solo a mediados de la tarde tomamos los corceles y nos dirigimos al cementerio. No queríamos toparnos con nadie, ni escuchar preguntas que nos fastidiaran. Al llegar al campo santo, inevitablemente nos vimos sujetas a la presencia de “Lord Bjornson” el cuidador del cementerio (un anciano muy querido por mi madre, y por el pueblo en general)



-- ¡Buenas tardes niñas! – dijo mientras entrábamos a la necrópolis.

-- ¡Buenas tardes a usted también Lord Bjornson! – respondí amablemente

-- Niña, lo siento mucho...

-- ¡Por favor Lord Bjornson, no diga nada, mientras menos veces mi sentido auditivo escuche que mi madre ya no esta junto a mí, mas podré soportar su deceso! – supliqué a Lord Bjornson.

– Esta bien pequeña Jannike. Creo que mis condolencias están de más... – dijo un tanto acongojado.

-- No... no me mal interprete; sé que su cariño hacia mi madre era verdadero y puro, pero póngase en mi lugar.

– ¡Esta bien niña! Este viejo sabe cuando quedarse callado. — Lord Bjornson amablemente amarró los caballos y nos guío hacia el sepulcro de mi madre.

– Bueno niñas, debería cerrar el cementerio en poco tiempo más, pero creo que ahora puedo hacer una excepción y dejarlas que se tomen todo el tiempo que estimen necesario. – dijo con una sonrisa en sus resecos y gruesos labios.

-- ¡Muchas gracias Lord Bjornson! – le agradecí



Y él, sin decir nada más se retiro de nuestro lado... y después, al ver la tumba de mi madre, mis ojos se llenaron de tormento y pena, caí de rodillas y abrace su lápida con mis nerviosos brazos. Keltzivä, a mi espalda, acotaba con lo que para ella era lo único que podía hacer por mí en ese macabro momento y era: maniobrar su violín apaciblemente. Después de despedirme de otras lapidas, igual de importantes para mí, nos retiramos, dirigiéndonos a mi hogar (mejor dicho a mi casa, porque ya había dejado de ser un hogar para mí).

Ya de vuelta en mi casa, recogimos todo nuestro equipaje, y lo instalamos sobre las ancas de los corceles; Keltzivä se apresuró en montar el caballo, y mirándome a los ojos preguntó:



-- ¿Que más nos hace falta?

– ¡Nada mas supongo! – dije.

--¿Entonces porque no nos marchamos de inmediato?

– Discúlpame, tienes razón... iniciemos la marcha de inmediato.



El día a cada segundo no dejaba de ser menos desalentador; fácilmente se podía aludir que volvería a llover diabólicamente... (Pero que más daba la lluvia en ese momento).

El recorrido a caballo fue silencio y vacío, cuando al fin llegamos al corazón del bosque, se encontraba aquel inmenso pilar viviente, con su fisonomía descascarada. Todo marchaba bien mientras limpiábamos el bote, (un tanto deteriorado por los años, pero en buen estado) entonces aliviamos a los caballos de sus pesadas cargas, y los dejamos en libertad. E introducimos el bote a las aguas, mirando sigilosamente todo nuestro alrededor, con aires de complicidad y dolor.













1 comentario:

  1. gracias por compartir tu esencia :)
    justamente tenia ganas de leer y hasta el momento (ya que leí poco, hasta que comparte la poesía ) a sido muy interesante bueno mañana en mis horas libres seguiré leyendo,
    adios

    ResponderEliminar